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Full text of "Sátiras é Ironías"

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JUAN ANTONIO ZUBILIAGA 



E IRONIAS 


(PÁGINAS DEL PERIODISMO) 



MONTEVIDEO 

« SERRANO, Editor 
“CÉRVANTES»» 

j)-^CalIe Andes— 1370 





SÁTIRAS É IRONÍAS 




JUAN ANTONIO ZUBILUGA 




SATIRAS E IRONIAS 

( PÁGINAS DEL PERIODISMO ) 



MONTEVIDEO 

JOSÉ M.‘ SERRA-NO, Editor 
l-IBReRlA “CERVANTES” 

1370-Calle Andes— 1370 
1913 



El Siglo Ilustrado**, de G. V. Marlño, San José, $38 



S^/lattano c/e ^^^ancioco ^¿¿tt'^utu: 


Doy á la publicidad solicitada por un impresor^ 
algunos de los bocetos improvisados cotidianamente 
para completar aquella primera página redactada 
en tan honrosa compañía, en ese elevado exponiente 
del espíritu y de la cultura argentinos, que en la 
prensa de Buenos Aires se llama La Mañana”, 

Escritos junto á ustedes, en*tas últimas horas de 
la noche, y casi siempre después de “producir” ese 
artículo tan exigente como ingrato que constituye 
el “editorial”, no son más que la impresión de la 
realidad conservada por la memloria de las observa- 
ciones- del amibiente, en esa y en esta república, y 
se los dedico en recuerdo de aquellas inolvidables 
veladas de redacción en que tuve oportunidad de 
apreciar los talentos y las dotes morales que les dis- 
tinguen. 

La necesidad de acumular originales hasta com- 
pletar un libro, m)e ha obligado á agregar otras 



6 


JUAN ANTONIO ZÜBILLAGA 


sátiras poUticas publicadas anteriormente, como las 
tituladas si Pats de Aquellos’* — que aparecie- 
ron en “La Razón”, de Montevideo, cuamdo fui 
director y redactor de, ese diario — ó de fecha pos- 
terior, como “Museo de Maravillas” , solicitadas, 
y escritas últimamente, para un número extraordi- 
nario de “El Telégrafo Marítimo”, el diario más 
antiguo en los-paises del' Plata. 

Montevideo, Agosto, de 1913. 


Juan Antonio Zubillaga. 



GENTE EXIMIA 


(1) De cLa Mañana», de Buenos Aires, órgano del cual el Autor ei'a sub- 
director en 1911-12. 




GENTE EXIMIA. 


Cuando se contempla detenidamente, el espec- 
táculo que ofrece la sociedad, en sus núcleos polí- 
ticos, literarios, artísticos, científicos, especulativos, 
ó mundanos — en su vida de la calle ó de salón — se 
ve que se destacan como relieves de la homogenei- 
dad total y del nivel común, fisonomías morales, ó 
intelectuales, que, por lo que las singulariza, cons- 
tituyen tipos atractivos de la mayor atención del 
observador . 

Distintos de los que en otros .continentes mues- 
tran |as diferentes esferas de las sociedades más 
organizadas por la edad y la civilización acumulada, 
quedaron, como son, en la retina de quien les viera, 
y van á desfilar aquí reprodudidos fielmente de la 
realidad . 



UN ALMA ECUÁNIME. 

Este afirma qu€ el d^arrollo del espíritu erítieo 
ique de antiguo se manifestara en todos los órde-^ 
,nes de la sociedad, ha progresado tanto en el país, 
|que ha concluido por incorporar un despotismo nue- 
|VO en el . ambiente político : el de -la sátira eterna- 
mente escéptica ante los móviles de la conducta. 

, “Ya aquí no se permite ni el elogio, que puede 
ser apenas una forma de la justicia que todos debe- 
mos al prójimo, cualquiera sea su condición, dice, 
•y los . que como yo, agrega, se sienten capacitados 
^or impulsos irresistibles, que son característicos 
de su idiosincrasia, para ejercer ese elevado ininis- 
jterio moral con los semejantes, viven perpetuamen- 
te bajo el restallar de ese látigo invisible que se 
hace sentir en la reputación dejando como cicatri- 
ces la interpretación inconveniente de los propósi- 
tos, en todos los actos de la vida.” 

T tal como lo asegura, así sucede : él, queriendo, 
¡como afirma, hacer justicia, aunque nadie se la pida, 
,sólo por esa aptitud de que habla, y que le lleva á 
expresar -á cada uno lo que sabe que más le va á 
agradar, cumple cotidianamente con el deber de elo- 
giar cualquier cosa admirable — pues á él no le im- 



sítibas é ironías 

porta que haya mucho ó poco motivo-^que como 
fácilmente se comprende, tiene que haber con fre- 
cuencia en los que ocupan las posiciones más eleva- 
,das en el mundo- oficial, y en cada uno de esos actos 
ide la equidad suya, infaliblemente, están destinadas 
sus intenciones á verse interpretadas de la manera 
más desfavorable. 

, “Es evidente, exclama, no hay forma de inter- 
.pretar justicia á gusto de todos, y si yo, en vez de 
pasarme la vida felicitando á los que me parece 
^ue lo merecen, me dedicara á reprobar á cada uno 
de los que no proceden en forma satisfactoria de 
lo que es mi ideal en la conducta de los otros, tengo 
Ja convicción de que tampoco me justificarían, y 
sería calificado arbitrario, intransigente y cruel con 
jlos desvalidos, porque sería apenas sencillamente 
.natural que habiendo aparecido para mí, hasta aho- 
ra — y por casualidad, nada más que por casualidad 
— todo lo plausible, y todo lo atrayente de las 
lisonjas de la justicia mía, 'sólo entre los más po- 
(dercsos, entre los que pueden recompensar mejor, 
lógicamente corresponderían mis más desfavorables 
fallos á aquellos que no ihan interesado, hasta aho- 
ra, la función justiciera que siento necesidad de 
ejercer en mi camino.’^ 

“Presidentes, ministros, altos dignatarios del es- 
tado, funcionarios superiores en todos los poderes, 
cuantas personalidades dirigentes se sucedieran en 
todas los órdenes de la 'administración, desde hace 



12 1 JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 

muchos años, van mereciendo continuamente, con 
sus virtudes, con sus talentos y con su laboriosidad, 
^el .reconocimiento y la gratitud de todos los que, 
eomo miembros de la sociedad así beneficiada, par- 
ticipan de la utilidad y el honor de todas esas cosas 
^•cuando eso sucede y á todos alcanza el deber de 
^agradecer el bien recibido: ¿podría permanecer in- 
diferente, yo — ^yo que por esa necesidad de hacer 
justicia, con que .he nacid'O, parezco mandado bus- 
car para eso — y no corresponder al beneficio de 
que disfruto en la distribución del bien público 
que hacen! todos los miembros superiores de cual- 
quier gobierno, por una flaqueza indigna de mí, que 
me hiciera retroceder ante el temor de ser inculpado- 
de adulación?” 

“¿Quién podría sostener esto?” 

Nadie. 



EL DEL PRESENTIMIENTO. 


El ha llegado á realizar la suprema aspiración 
ds su juventud: interviene en la elaboración coti- 
diana de ese indispensable instrumento de gobierno 
que se llama la ley. 

Sólo que como todos los que se entregan abnega- 

I 

damente á.esas tareas trascendentalísimas para la 
prosperidad nacional y la f elicidad pública, son '‘es- 
tadistas hasta donde se lo permite su inteligencia, 
su ilustración y su experiencia: él paga tributo á 
esa necesidad .común .á los que valen y á los que 
no sirven para legislar, y su acción no va más allá 
de lo que ve, de lo que sabe, y de lo que ha ensa- 
yado en el grado posible á sus facultades. 

“Yo soñé esto que nos sucede al país y á mí, 
casi desde la infancia”, explica siempre que se cree 
obligado á hacer historia de su ‘vida pública, .ante 
personas que supone ignorantes de lo que fué y es. 

“A veces, en la niñez, hay presentimientos del 
destino”, agrega, “y yo, desde las bancas de la 
escuela comprendía que había nacido ‘para estar 
sentado: era evidentemente una tendencia innata 
que, pasados muchos años de alimentación, ejercicio 
y aire libre, debía en lejano día llevarme hasta don- 



14 JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 

de es preciso estar para ser individuo del poder 
legislativo, y compartir con otros que valen tanto, 
menos, y más, la enorme responsabilidad de con- 
ducir los pueblos á su destino. ’ ’ 

“Así, pues, desde muy temprano, tuve la visión 
de la realidad de hoy, porque doquiera estuviese y 
cualesquiera fuesen las cosas, los sucesos, ó los hom- 
bres, que atrayeran mi atención, desde los tiempos 
más lejanos alcanzados por mis recuerdos, sentía 
algo que en todo hablaba lenguaje inteligible sola- 
mente para mí y me hacía entenider lo que estaba 
destinado á ser : era como la voz de mis aptitudes, 
y el llamado de mi porvenir, que me decían, sién- 
tate, y sé lo que tu destino y el de tu. pueblo ne- 
cesitan para cumplirse. ’ ’ 

Y como lo dice lo hace: por aquella tendencia 
que advertía, según él, desde los bancos de la escuela, 
y por la voz de las aptitudes ‘que se reconocía, al 
empezar la vida, helo hoy ahí convencido, y conven- 
ciendo, de que efectivamente legisla como esperaba 
y tenía que hacerlo. 



ANTICIPADO. 


Ya lo están cansando con eso de la sencillez del 
estilo que continuamente le piden cuatro amigos in- 
comprenSlvos, y no les va á hacer caso. 

¡Valiente hazaña decir con sencillez!: lo que 
puede cualquiera que no tiene el sentido de la ter- 
giversación genial de las ideas ; obra peculiar de los 
espíritus simples, de cuantos no experimentan el 
vértigo de las complicaciones mentales. 

Como lo anuncia sucederá, y no les hará caso, 
pues hay que permanecer á la altura de lo que se 
sabe que se vale, y el que, con lo que él lleva en el 
cerebro, no sea capaz de la virtud de esa resisten- 
cia á las influencias de los afectos, en vez de obsti- 
narse en la producción intelectual debe desistir de‘ 
todo y renunciar á la gloria. • 

Lo que es á él no lo llevan á la simplicidad de 
forma que caracteriza la obra de los mediocres, de 
los sabios, de los literatos del realismo y de la es- 
cuela naturalista ; y no se dejará llevar porque tran- 
sigir con los ambientes inferiores es obligarse á 
competir con los que no permanecerán en la me 
moria pública más allá de la vida de sus genera* 
ciones : sería el caso del águila que se eleva en su' 



1&' JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 

Vy 

Amelo mirando al Sol, foco de la más intensa luz, 
sin pestañear,- y que en una jaula junto al suelo, se 
ve aventajada y humillada por cualquier ave de 
corral que para volar no siente rompérsele las alas 
en su Prisión. 

Por eso seguirá cultivando su estilo retorcido, 
entrelazado de sutilezas que él entiende, de habili- 
^lades que muchos no ven y á él dejan satisfecho, 
y cada vez más convencido de que hace obra extra- 
ordinaria . 

Y hagan otros eso de la naturalidad en el decir : 
quienes aunque ahora se vean celebrados, sabe él que 
siempre serán los que no pueden comprender su obra 
de complejidad psíquica, tejida laboriosamente; su 
obra destinada á la inteligencia del hombre del por- 
venir, la que dura siglos y va á la posteridad. 

¡ Si pudiera vivir entonces, cuando no queden 
nombres de los que hoy tienen apenas la gloria de 
una sociedad atrasada algunas centurias á él! 



PERGAMINO. 


¡Lo que conservan las tradiciones! ¿Qué abuela 
no sabe para la instrucción del nieto, el origen 
modesto del personaje de boy, y la prosapia ilustre 
del mendigo aetual? 

¡Y cuánta indiscreción! 

¿Quién calla lo que, contra los distintos aspectos 
de los trajes, degrada al uno y ennoblece al otro? 
¿Cuál es el poseedor del secreto de la verdad infa- 
mante, ó dignificadora, que no le entrega á la cib- 
riosidad ambiente para la maledicencia que mancha, 
ó la celebración que ilustra? 

Por eso hay sonrisas en los labios, y maliciosa 
inteligencia en las miradas de aquel buen vecinda- 
rio, cuando Pergamino, que tiene fortuna y viste 
caro, afirmar que por herencia de sangre ultrama- 
rina, y más antigua residencia allí, él y los de él 
son la aristocracia en la 'sociedad de la capital de 
uno de los países del continente inferior del último 
hemisferio descubierto y civilizado. 

Y, en vano, de cuando en 'cuando, algún compa- 
decido se da el trabajo de explicarle que en las 
naciones, , ó ciudades, de origen plebeyo, donde no 
hay nobleza, ni antigüedad, para que se sucedan 


2 



18 JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 

generaciones aristocráticas de esa laya, únicamen- 
te la decencia, la ilustración, el talento, ó las como- 
didades y refinamientos de la opulencia alcanzada 
con honradez, eso, y nada más 'que eso, es lo que 
en la realidad establece la distinción de clases en- 
tre las gentes; y que infatuarse porque los ante- 
pasados fueran de los primeros humildes descono- 
cidos que la miseria, ó la avidez — nadie vino en 
viaje de placer á colonizar la América — arrojara 
en las play^as dónde, más tarde, el tiempo y la pobla- 
ción harían ciudades, apenas puede significar un 
elocuente síntoma de muy compasible inferioridad 

y 

intelectuaL 

Todo es inútil, pues él — raquítico, atraserado, 
cuelli-erguido y pasicorto— perdura convencido de 
que es superior á los demás, y se cree más fuerte, 
inteligente, noble, elegante, y cualquier, cosa, que 
los otros, por la mágica virtud de aquellos -azules 
globulillos que él supone en su sangre, y de los 
cuales, aunque no ha podido ‘verles ni una vez, le 
hablan Siempre los viejos papeles que colecciona 
y enseña, complacido, como los títulos que garanten 
su diferencia con -los demás mortales. . 

¡ Suerte, para él, que en su constitución mental 
lleva la aptitud para las satisfacciones que en su 
vida hacen la 'dicha! 



UN ELEMENTO AVANZADO. 


Este afirma que es, en la especie, hombre supe- 
rior, y en el país, mejor que sus connacionales. 

Dice qué quiere redimir al género humano; pre- 
dica ideas que llama de progreso y lee en los libros 
de los que las concibieran; se viste estrafalaria- 
mente; adopta actitudes, maneras, gestos; usa me- 
lena, habla, perora; con cualquier pretexto dice 
que cree que tiene dignidad y que necesita defender 
su honor; procura discutir con las personas que 
valen, para que se le suponga igual; duele á los 
que trata; y Siempre sorprende y vive ’así : de eso 
y. por eso. 

Tiene sus horas de acción á su manera, y sus 
días de glorióla sui géneris: cuando hay manifesta- 
ciones populacheras de protesta ó simpatía por cual- 
quier cosa. 

Entonces parece el genio del tumulto ; trepa á un 
banco de la plaza pública, ó sobre una mesa en 
cualquier calle, y con aquellos ademanes que él se 
sabe, y aquella gesticulación del rostro, que adqui- 
riera en su aprendizaje de los grandes agitadores; 
relampagueante la mirada, fruncido el entrecejo, en 
síntesis, cómo cree que está mejor : arenga, exhorta, 



20 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


implora, amenaza, y casi ladra; señala al cielo, 
apunta á la tierra, se torna hacia los cuatro vientos 
cardinales, se hiergue sobTe las puntas de los pies, 
se agacha hasta quedar en cuclillas, y profiere de 
todo . . , hasta que, á su vez, la autoridad interviene, 
le hace callar, le baja del banco, de la silla, ó de la 
mesa, y le lleva, 'mientras él, según le parece más 
conveniente, adopta el aprendido aspecto de ilumina- 
do, y entre un golpe á un guardián del orden públi- 
co, y una caricia — que se la figura estética — á su me- 
lena, grita con voz estentórea: ¡Abajo la fuerza 
bruta y arriba los derechos! ¡Muera la tiranía y 
viva la libertad! 

Después, en los días siguientes, lee toda 'la des- 
cripción de la hazaña en la crónica policial de 
algún diario, y se contempla en una página de 
cualquier semanario ilustrado. 

Así cree en su existencia significativa é impor- 
tante, se supone admirado, y cuando sale de la 
cárcel va más extraordinario por la vía pública, 
y mira orgullosa y despreciativamente á los tran- 
seúntes . 

Pasado algún tiempo, otro día se repite todo esto. 



INCOMPRENDIDO. 


Parece fatal, en ciertos hombres, la incongruen- 
cia entre los propósitos y la apariencia de los aetos. 

Este afirma que no ha hecho otra cosa en toda 
su vida, más que amar la libertad, y dice que posee 
la convicción de haberla practicado siempre; pero 
sabe que no ha tenido la suerte de que se la reco- 
nociera en su conducta. 

Dice : 

“Desde que me sucedió la desgracia de padecer 
la seducción de la vida pública, y la política me 
arrebató al estudio en que pasaba mi vida por amor 
á la ciencia, no he hecho más que proceder con 
libertad y ser acusado de incondicionalismo; ejer- 
cer la independencia que me es posible por la alti- 
vez de mi carácter, y oir infaliblemente la censura 
de mi desvergüenza”. 

‘ ' i Qué manera de entender la sinceridad que yo 
sé que tengo!” 

“¡Y si fuera uno, ó apenas los adversarios!; 
pero son todos, indistintamente : igual los que están 
enfrente que los que están en las mismas filas y á 
mi lado.” 

“Nunca se ha visto tanta inocencia peor juz- 
gada.” 



22 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


“¿Se trataba de elecciones de diputados, por 
ejemplo, y yo, en uso de la mayor libertad que me 
agrada ejercer, visitaba á los más influyentes guber- 
nistas, por lo que me pudiera interesar, y celebraba 
algunas conferencias con los caudillos oficiales, de 
quienes dependía el triunfo ? Pues bien : se descono- 
cía mi independencia y así que resultaba electo por 
mi perseverancia, se me clasificaba entre los de infe*- 
rior nivel moral. ’ ’ 

‘ ‘ ¿ Era, á su turno, la ocasión de elegir presiden- 
te de la república, y yo, consecuente con la consulta 
espontánea de la voluntad soberana de mi fuero 
íntimo, agregaba mi voto, á' los del candidato que 
reunía mayores probabilidades? Era irremediable: 
no se veía en mi conducta nada de lo que yo ase- 
guraba que era su móVil, y quedaba incluido entre 
los que merecían el peor concepto.” 

“¿Se discutía en la cámara cualquier asunto que 
estaba amparado por el favor del ejecutivo, y yo, 
con mi manera de ser imparcial, me adelantaba 
como siempre — en esto nunca me aventajó nadie — 
á dar mi voto cómo lo necesitaba quien apadrinara 
el asunto? Lo mismo: era objeto de la peor inter- 
pretación mi manera de ser libre en ese como en 
los demás casos. ” 

“Y todavía, ahora mismo, estoy padeciendo la 
incomprensión de mi talla moral en todo lo que 
ejecuto sólo cómo se me antoja: porque serví, al 
que pasó, en igual forma que á otros, y ahora pre- 



sítibas é ironías 


23 


tendo favorecer con mi adhesión, si me dejan, á la 
nueva situación, empiezo á ver nuevamente repe^ 
tida la equivocación de todos los que me hacen 
objeto ‘de su atención y de sus juicios, y 'ya estoy 
sintiendo en el ambiente — como cada vez que pro- 
cedo con toda la independencia de que, yo que me 
conozco, sé que soy capaz — frases y actitudes des- 
pectivas que parecen ir proclamando por donde voy, 
que evidentemente en mí se reconoce otro que el 
que yo quisiera ver aceptado.” 

Y la verdad es que después de oirle, no hay por 
qué poner en duda que procede con conciencia, 
cada vez que al proponerse ser independiente como 
'•abe serlo, coinciden sus actos con los que promue- 
ve otra voluntad. 



UN GENIO. 


A éste le están dejando sin entender el mérito 
literario, y eso que, naturalmente, parece injusticia 
á su conciencia, no lo lamenta por él, que, como 
todos los pocos hombres que existen verdaderamente 
perfectos, no tiene vanidad, sino por el país, desti- 
nado á padecer .en su prestigio intelectual cuando 
él produzca la obra que se le está haciendo en la 
cabeza, y la cual, al imponer universalmente su 
genio, va á revelar que sus compatriotas fueren in- 
capaces de comprenderle . 

Pero, ¿qué se va á hacer? 

Siempre fueron inevitables estas diferencias de 
niveles entre los superhombres y los demás habi- 
tantes de sus países; Homero, Dante, y mil, y diez 
mil, que se pudieran citar en todas las naciones 
y en todos los tiempos, lo demuestran. 

“¿Puede, acaso, ofrecerse ejemplo de hombre más 
grande .y menos. comprendido que Jesús?” dice á 
ratos, “y sin embargo, era menos que yo porque 
dondequiera que mirara veía la incredulidad en 
todos, menos en trece pescadores, .al fin y al cabo 
gente de mar que nunca son dadas á especulaciones 
intelectuales, mientras que yo con menos edad y 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


con menos tiempo de propaganda, ya tengo más de 
dos docenas de personas de estudio que me creen, 
y hablan y distribuyen su fe en mí, por esos mundos 
de Dios. ” 

‘ ‘ Además : á Cristo lo maltrataron de muchas ma- 
neras que todavía no me han hecho conocer á mí 
y llegó á ser redentor eterno de la humanidad de 
todas las razas 'y todos los idiomas; en tanto que 
yo que no digo que 'soy Dios, y no pretendo redi- 
mir más que á las letras de mi Patria, sólo aspiro 
á que se reconozca el hombre superior que soy, y 
se me proclame el primero entre los de esa especie.” 

‘ ‘ Pero, ya llegará mi obra, y ella será mi triunfo, 
y la derrota de los que no me pudieron ver.” 

Puede ser. 



CATAVIENTOS. 


Grande, pesado, fuerte, y sin aliño, nada acusa 
en él' agilidad para evoluciones, ni aptitudes para 
flexibilidades dorsales, y, sin embargo, todos saben 
que sólo por aquellas cualidades se le llamara, á 
veces, maestro de ceremonias. 

Sobre el escenario de la vida política del país, 
chocan los intereses más 'incompatibles, .y se alter- 
nan en el predominio; se suceden las situaciones, 
más antagónicas y pasan las .tempestades, á veces 
llevándose todo, sistemas y hombres; pero eso es 
poco para derribarle, pues no afecta su estabilidad 
en el ambiente, y siempre, después que todo cambia, 
él queda en el lugar de los sucesos, como una giral- 
dilla sobre un poste, volviéndose infaliblemente ha- 
cia donde lo empuja el viento nuevo, y continúa 
funcionando con él como lo hacía cuando soplaba 
de otra parte. 

No hay ejemplo de que haya sido tomado despre- 
venido : es algo así como un sujeto que llevara con- 
tinuamente su paraguas, convencido de que atra- 
viesa climas donde puede lloverle de un momento 
á otro. 

No hay preguntas lisonjeras, dudas insidiosas, ni 



SÁTIRAS É ironías 


.27 


cargos despiadados, que tengan eficacia para herirle 
el amor propio y hacerle dejar en descubierto una 
sinceridad ‘ comprometedora : hay que confesar que 
nadie recuerda haberle conocido una indiscreción 
perjudicial. 

En cualquier tiempo, en todos los sitios, suceda 
lo que tenía previsto, ó lo inesperado : es la verdad 
constante, notoria, indestructible, que en los mo- 
mentos de peligro para todos sus compañeros ; cuan- 
do ninguno de los que pertenecen á una situación 
puede estar seguro ; mismo en la hora en que algo 
como una guadaña pasa sobre una colectividad arre- 
batando la existencia política á cuantos llevaran 
jnás alto las cabezas, él se escurre entre los obs- 
táculos que el adversario interpone á su paso para 
obstruir el camino de su salvación, é, invariable- 
mente, surge de entre los acontecimientos que sub- 
virtieran el orden á que él pertenecía, y con asom- 
bro de todos, vuelve á flotar después de las catás- 
trofes, como un corcho en 'el agua después de los 
naufragios . 

T, siempre exteriorizada en el rostro la satisfac- 
ción que le anima, con la más plácida de las son- 
risas, acaso por la fe en su destino, él pasa llevado 
por sus aprobaciones á todo lo que triunfa, con 
rumbo directo á sus conveniencias, país de.su dicha, 
en el cual, dícese, tiene elevado un templo al éxito,, 
dios de su culto. 

Y al són que le tocan baila. 



LIBERATO. 


Padece la incapacidad intelectual y moral que 
inhabilita para la comprensión y el sentimiento del 
liberalismo; pero se llama liberal porque se cree 
todo lo que eso significa para él; cuestión de fe. 

Y cuafido se juzga en la oportunidad de apare- 
cer como quiere, y supone admirable, da escape á 
su exaltación, y proclama su aversión al senti- 
miento religioso, y muestra su intolerancia del dei 
recho desposeerlo que asiste á cualquiera. 

¡ La clerecía ! : he ahí el motivo de sus excesos en 
cuanto á apreciaciones morales, y aunque no lo 
hace' por convicciones, como se lo figura, pues para 
ello sería menester que las tuviera, hay que confe- 
sar que lo hace por consecuencia con su conducta, 
con aquella conducta adoptada cuando empieza en 
la vida la edad en que el hombre anhela distin- 
.guirse, casi allá en los días en que dejó de ser 
niño por los años. 

Su ‘historia. cuenta que al principio fue por ha- 
ber imaginado que se pensaría bien de su inteli- 
gencia si aparentaba impiedad, y* que alentado en 
sus primeros ensayos por el azoramiento que cau- 
saba á otros como él, experimentó complacencia por 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


29 


esos éxitos de fácil obtención — cosas de muchachos. 
— ^perseveró en el procedimiento, y con la edad se 
le agravó eso hasta volvérsele costumbre: como se 
sabe, de 'menos, empiezan .peores psicopatías. 

Desde entonces, quedó predestinado á ingresar en 
los círculos de entes similares, y fué sucesivamente, 
sin interrupción ni término, miembro de innume- 
rables asociaciones de crónicos en lo que él, é indi- 
viduo conspicuo en centros demagó^cos, de las 
mayores eonglohieraciones del espíritu sectario . 

Así vive convencido de que ejerce un apostolado, 
se atribuye misión muy trascendente, y mientras 
con los que le acompañan á considerar formal su 
influencia, inferior la sociedad, y posible su di- 
rección de las almas, entena el coro en que se defi- 
nen “defensores de la libertad de conciencia”, or- 
ganiza con -cuantos son como se precisa para eso, 
manifestaciones contra la iglesia, pide legislaciones 
contra las doctrinas religiosas, y maquina perpe- 
tuamente agravios al clero, en nombre de la civi- 
lización que él entiende, y de la justicia de que 
son capaces los que se hallan en su estado. 

Y — crueldad inconmovible de la naturaleza pro- 
pia y condición inevitable de los fracasos — ^mientras 
este arrebatado invocador del progreso, que quiere 
que se le tenga por liberal, perdura como cualquier 
fanático, activo contra adversarios, sin perdonar 
algo, y sin tolerar nada: la sociedad continúa su 
vida serenamente, sin «extraviarse de la senda na- 



30 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


tural de su destino, y 'sin perder la noción de las 
■ideas y los sentimientos que hacen su sentido mo- 
ral, legado en herencia de generación en genera- 
ción, y evolutivo al través de los siglos, en perenne 
infinita ascensión. 

¡ Habráse visto injusticia igual ! 

¿Entonces, para qué predican él y sus iguales, 
las ideas y los sentimientos que les parecen mejo- 
res ? 

¡ Humanidad desagradecida ! 



ÜN NECESARIO. 


Allá legos, en la soledad de los abruptos campos 
de su país, salió — como una sabandija por una 
grieta, — de abajo de unos terrones amontonados 
en forma de rancho, y desde donde, durante toda 
su silvestre infancia, trotaba y galopaba cada día 
hasta el almacén del pueblecillo cercano, para ad- 
quirir apenas lo más necesario á la frugalidad 
espartana con que el azar, á veces, impone heroicas 
costumbres fisiológicas. 

Después, ya mozo, el coronel, ó el general, ,más 
útil al gobierno por su prestigio en aquella región, 
le obligó á integrar “las fuerzas del orden y la 
legalidad’’ contra una revolución, y así, detrás del 
otro, entre marchas y sustos, se quedó con la pri- 
mera diVisa que le impusieron, y perteneció á un 
partido . 

Lo demás fué rápido, y lo hicieron el tiempo 
y la 'confianza en su 'fidelidad: le enseñaron á fii* 
mar y fué teniente alcalde, presidente de un club, 
y comisario; más adelante aprendió á leer, y fué 
miembro de la junta, - juez de paz, y delegado de 
los que le conocían, á una convención del partido 
oficial; después, un día le dijeron que era necesario 



32 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


que guardara silencio ante los desconocidos, y salió 
suplente de diputado ; y finalmente, le cambiaron el 
aspecto, hasta donde era posible hacerlo con un 
traje, y lué designado legislador. 

Entonces, cómo era y para lo qué venía, llegó á 
la capital, donde cree que está en el ejercicio de 
su cometido. 

D*ice que nunca ha podido dominar la emoción 
que experimenta cada vez que tiene que penetrar 
al recinto legislativo, y lo hace en puntas de pies, 
casi subrepticiamente, pues siempre piensa que hay 
mucha luz y quisiera que no se advirtiese su 'pre- 
sencia . 

En seguida, apenas sentado, y antes de que se 
calmen las palpitaciones de su corazón, siente la 
necesidad de mirar atentamente á cualquiera que 
habla, aunque no entienda, y escucha á la palabra 
como á un ruido, hasta que se va serenando y se 
descongestiona. 

“No sé por qué — explica — pero es una sensación 
de estupor que me recuerda la que sentí una vez 
que penetré á la iglesia con el sombrero' puesto: 
es algo parecida á un sacrilegio”. 

“Eñ el teatro, donde me pertenece una localidad 
grande, para llevar á los que hacen balotar mi di- 
nutación allá donde .dejé los .antecedentes, cuando 
visitan la ciudad, siento menos timidez, pues ^ es- 
cierto que me molestan las miradas que llegan de 
los palcos y la platea — á pesar de que vienen, inva- 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


.33 


riablemente, de semblantes risueños, — me atrevo 
con la cazuela, y sólo al salir, al salir entreverado 
con la sociedad que se retira, aunque voy vestido 
á buen precio y sé que soy diputado, siento deseos, 
eaái irresistibles, de ofrecerme para abrir las porte- 
zuelas de los coches”. 

“No sé por qué”. 



UN LETRADO. 


Había vivido luchando de manera análoga, pero 
menos gloriosa, que los que lo hacen en los circos: 
apenas una vida de esfuerzo muscular para cargar 
y descargar vehículos y transportar bultos.. 

Consecuencia de ello : en su cuerpo á cualquier 
traje le estallaban las costuras, pues aunque lo 
adoptara holgado, día llegaba en que un movimien- 
to imprevisto para un sastre y hasta para un fisió- 
logo, le dividía y subdividía la tela. 

Pero, bien se ha dicho que no hay robustez que 
resista á la desgracia, pues eso en este se confirmó 
desde una vez que, durante la huelga, cayó en la 
tentación de leer algo que veía leer á otros y llama- 
ban ideas nuevas. 

Fue el efecto del precipicio : aquello le causó vér- 
tigo y cayó en la lectura como en un abismo, del 
cual no ha salido ni en restos, porque, como es 
natural, no puede hallar fondo. 

Y así, en esa caída, que ha sido su único viaje, 
va con ceño adusto, no sabe hacia dónde, pero con- 
vencido de que es de los pocos iniciados en el mis- 
terio de mañana, y creyéndose cotidianamente en 
víspera.s de la inversión del orden actual. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


' 35 


No precisa más para su conformidad en la vida; 
pero, aquello que por el vehículo de las letras se 
le introdujera en el espíritu como una infección en 
la sangre, le hace el efecto de una fiebre, y aco- 
metido desde entonces de una locuacidad nueva, que 
no usaba antes, en los días de su vida muscular, 
cuando el equilibrio de su normalidad le tenía á 
cubierto de cerebraciones dificultosas, pasa las horas 
explicando á cualquiera, lo que aprendió y le dejara 
asombrado, siempre como convencido de que su 
oyente ignora, siempre como quien enseña. 

Y con todo el eultof de su fe en aquellas ideas 
que oyera llamar nuevas, y son las únicas que tiene 
leídas, y su suposición de que sean superiores á las 
que son otras y él ignora, continúa en la desconfian- 
za de cuanto no se les relaciona, y compadece á los 
que en cualquier cosa que no sean ellas, son sabios. 

Por eso es malo leer tarde, y sin empezar á apren- 
der por el principio: se puede padecer de la letra 
todo el' resto de la vida. 



•TÁCITO. 


A veces, la más pueril de las indiscreciones in- 
fantiles parece una crueldad, por la tortura que 
pcasiona, y en ciertas circunstancias las preguntas 
ide la inocencia de un niño son como el interroga^ 
torio de un tribunal. 

Tácito, que es buen padre de familia y sabe que 
lel hogar ofrece dichas inefables, y grandes sinsa- 
bores, ha experimentado frecuentemente aquel tor- 
mento, y la última vez así: 

“¿Por qué no hablas nunca, papá, en la cámara,, 
donde parece que todos están para eso, según, en 
Ja escuela, nos lo ha explicado el maestro?”, pre- 
guntábale, días pasados, uno de sus hijos. 

“Ante todo”, respondió exasperado como si las 
palabras que acababa de oir, se las hubiera dirigido 
un adversario, ‘ ‘ has de saber que en la vida, nadie 
está autorizado para hacer todas las preguntas que 
pueda formular la curiosidad, pues yo, que sé algo 
más que vos, te aseguro que no hay sabio capaz de 
responder satisfactoriamente á todas; y después, te 
diré que yo no uso de la palabra en el parlamento 
porque con eso pasa lo que con el matrimonio ó con 
la guerra: que hay que meditarlo muchO' antes de 
hacerlo”. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


.37 


“Un parlamento es una cosa muy sagrada, pues 
«en todas partes, por las leyes, tiene que ser algo 
así como el alma de la nación, desde que deben 
formar parte de él, únicamente los que por su*im 
teligeneia y su moral, sean fieles exponentes de las 
¿deas y de los sentimientos de la sociedad que re- 
presentan para constituir su poder legislativo”. 

“Por eso no se puede hablar sin meditarlo largo 
tiempo, y, aunque parezca imposible, yo, al cabo 
■de tantos años que llevo reflexionándolo, apenas he 
llegado á tener atrevihiiento para sentir dos tenta- 
ciones de hacerlo, y me lo ha impedido la timidez 
experimentada, ante algo así como un aviso de la 
conciencia que me ha parecido sentir llegar en esos 
momentos, dieiéndome, “no lo hagas”, y anuncián- 
dome una .catástrofe, como dicen que sucede á los 
animales que presienten los terremotos”. 

“La primera fué una vez que oí hablar á otro 
que .se sienta junto á mí, y que había estado ca- 
llado casi tanto tiempo como yo, y el cual sobre- 
vivió á la rápida hazaña — pues fué para una in- 
terrupción, que no le oyeron y pasó inadvertida — 
¡y la segunda, un día que alguien que tenía la pa- 
labra me aludió mortificantemente, y sentí deseos 
de confundirle con una réplica eficaz como algunos 
suelen hacerlas, pero, me congestioné de indigna- 
ción, temí una apoplejía, y solamente conseguí 
toser para desahogarme”. 

“Pero, ya hablaré, pues de las tres cosas que he 



38 


JUAN ANTONIO ZÜBILLAGA 


dicho que deben meditarse mucho, llevo realizadas 
dos: ya llegaré también á la tribuna, como al ma- 
trimonio y á la guerra, por mis pies”. 

Y así sucederá si puede ser como lo dice. 



UN PROTESTANTE. 


Hablaba en una esquina, frente á uno de los 
establecimientos clausurados por la protesta contra 
la reglamentación del descanso dominical, y dialo- 
gaba ante una puerta cerrada. 

Rojo de greñas, carrilludo, cejas peludas, y mi- 
rada vaga: evidentemente ese había burlado todas 
las precauciones legisladas para el descanso y la 
abstención alcohólica • 

Y al hombre, que era de temperamento nervioso, 
se le había multiplicado la gesticulación, y sintién- 
dose con algo espiritual que pugnaba por escapár- 
sele, se desahogaba exteriorizando el efecto de los 
despachos de bebidas cerrados, y hacía el comen)- 
tario elocuente del suceso del día. 

Al través del desaliño de las ropas, ofrecía el 
aspecto triunfal del que .sabe que ha ganado una 
batalla, y aseguraba á cuantos por allí pasaban 
y le querían oir, que él sabía que las leyes eran 
hechas para ser respetadas, y que estaba abusando 
de la palabra, solamente porque la ley del descanso 
dominical no lo prohibía. 

“Es la primera vez, — decía dirigiéndose al pos- 
tigo corrido de la casa de comercio, — es la prime- 



40 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


ra vez que se da con la puerta en las narices del 
pueblo soberano; por eso es que causan gran dis- 
gusto á todos cuantos se sienten buenos cristianos 
toda la semana, y más el domingo, tanto la ley del 
descanso como la forma de protestarla : porque im- 
piden aplacar la sed como lo manda la caridad de 
la. santa madre iglesia.” 

Y golpeando ’con los nudillos de la mano, sobre 
la puerta cerrada, como dirigiéndose á alguien que 
le oyera desde el interior, agregaba con fuertes vo- 
ces : ‘ ‘ Dad de beber al sediento ! ’ ’ 

Pero, aunque como el tal dijera, en la ley del 
descanso no estaba comprendida la del silencio, esta 
vez, como otras, sucedió lo que con otros apostolados 
tan espontáneamente adoptados y generosamente 
ejercidos, y confirmándose nuevamente aquello de 
que ya han pasado las épocas de los redentores: 
la intérvención de ese modesto delegado de la au- 
toridad que hay dentro del uniforme de un agente 
de la policía — sin invocar la ley, pero acordándose 
del orden — puso término irremediable al ejercicio 
del derecho en que creía estar aquel enérgico pro- 
testante. 

Y al ver cómo se alejaba dando traspiés entre la 
fuerza pública que le conducía — pues, como es sa- 
bido, en el camino de la vida se tropieza mucho 
sobre cualquier pavimento — y contemplar la ingrata 
indiferencia con que se retiraran cuantos apenas un 
momento antes la festejaban, se comprendía cómo 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


.41 


era justa la observación de Quevedo al afirmar “que 
las glorias de este mundo llaman con luz para pa- 
gar con humo”. 



UN SENTADO. 


Algunos ocupan la banca respectiva para tomar 
la palabra : éste la ocupa para tomar asiento. Pero 
ya verán cuando hable: ¡qué voz! 

Desde chico era robusto: un día dio una coz que 
casi produce un entierro, á un infeliz compañero 
que le explicaba algo que él no podía entender y 
le enfadaba ; y fué toda una elocuente revelación 
de facultades que con el tiempo y la nutrición se 
desarrollaron hasta dejarle así como es y se le ve 
en cualquier parte : facultado para una lucha y con 
más fe en la fuerza que Bismarek. 

Y es grave lo que hace éste; desde que cree que 
eso que él es, es ser legislador, se conserva sin es- 
tornudar: en la calle por creer que su solemnidad 
no soportaría el desagraciado aspecto de un dipu- 
tado que estornuda, y en el salón de sesiones para 
que no se vaya á tomar aquel síntoma de resfrío 
como una expresión afirmativa en algún asunto 
.antioficial y le lesione la confianza en su docilidad 
que le hizo lo que es en la vida pública, y acaso le 
haga más todavía. 

Si él quiere expresar afirmación, ó negación : bien 
sabe que — y para qué — tiene con qué hacerlo. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


.43 


“Sí”: y levanta todo lo que es, sobre dos de sus 
extremidades . 

“No”: y no despega del asiento los alrededores 
de su centro de gravedad. 

Pero, cuenta la fama que le está poniendo au- 
reola, que á través de la sólida musculatura que le 
envuelve la osamenta como una coraza, se filtra, 
á veces, la mortificación de una ironía recogida al 
pasar junto á algún irreverente para las obras más 
durables de la naturaleza animada, y llega hasta 
el recóndito albergue del alma que cabe en el único 
espacio que aún está destinado á lo espiritual en 
su macizo organismo de carne y hueso. 

Y dicen que cuando, así como es, siente, sin em- 
bargo, que le alcanza el veneno de los disgustos, 
estalla su ira y al mascullar la incomprensible voz 
de sus excitadas energías, deja en los provocadores 
la convicción de que han cometido una impruden- 
cia, pues comprenden, por la elocuencia fisiológica 
de su aspecto, que acaban de correr el, riesgo de 
ser machacados, como un bocado de forraje entro 
los molares de un rumiante. 



EL ESCLAVO DE SU CONDICION. 


Naeijó para eso:, en él nunca fué necesario el 
-esfuerzo para descender .hasta donde lo impusiera 
la obtención de algún beneficio, ante cualquiera 
que pudiese accTdar favores. 

Era su aptitud innata y espontánea; necesitaba 
continuamente pasar del servicio de un amo al de 
•otro que diera más, y se trasladaba como podía, 
aunque fuera llevando la huella de algún pie 
que le pasara por encima, él llegaba, levantando, 
• desde su nivel, la mano abierta, ante la mirada 
humanitaria de los que sabía buenos, para retirarla 
siempre complacido. 

iMétodo de sirviente, es cierto, pero secreto inicial 
de su sueño de grandeza, y origen del éxito defini- 
tivo que, aunque ligero, él esperaba con fe en su 
suerte, y que, al fin, un día llegó, al través de los 
•años. 

Había dicho tantas veces señor, tantas se llamara 
amigo agradecido, expresara fe en los ideales de 
los que- le ayudaban, y se incluyera entre los que 
le igualaran la condición haciéndole compañero en 
las mismas causas por que luchaban, que confiados 
y generosos como siempre : cuando á todos les pidió 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


45 


auxilio colectivo, como antes lo había hecho á cada 
uno, tendieron fraternalmente los brazos, y le al- 
zaron hasta ellos para que fuese tanto como cual- 
quiera de los que le habían dado su protección 
y su cariño. 

Fué allí que se repitió la historia de otras as- 
censiones: las realizadas por otro® individuos de la 
escala zoológica, que, yendo siempre disimulada- 
mente por el suelo, un día se les ve donde necesitan 
mirar hacia abajo para ver á los que van, de pie, 
llevando la frente alta. 

Y ya no llamó á nadie amigos, ni compañeros de 
causa, ni reconoció iguales, ni tuvo' consecuencia: 
ya ninguno podía serle útil, y le era fácil pretextar 
razones para librarse de cuánto es deber para la 
dignidad humana. 

Así, conducido por la ingratitud, llegó á la trai- 
ción, que á pesar de las riquezas y los honores 
le ha devuelto á la inferioridad de su condición 
original . 



PINGÜE. 


Oirá incongruencia del aspecto con las funciones 
y las aptitudes. 

Grande, ventripotente y congestivo, parece hecho 
para entonelar alcoholes, pero es legislador. 

En los días que por eso tiene que ocupar su 
asiento. para poder decir después que asiste á las 
sesiones, cuando tras largos esfuerzos fatigantes, 
consigue colocarse donde le está deparado en el 
tradicional augusto recinto de las leyes, comienza 
á respirar para todos, porque aquel acto fisiológico 
tiene en sus bronquios y en su pecho, el ruido y el 
movimiento del fuelle de una fragua cuando sopla. 

Y pasado un. rato, normalizada la respiración y 
serenado el semblante, pregunta, infaliblemente, á 
sus colegas y vecinos, como si el que en ese momento 
ocupa la atención de la cámara con su palabra, lo 
hiciera , en idioma desconocido, qué asunto se está 
tratando de modo tan fastidioso. 

En vano el interpelado, á veces, apenas inteiv 
pretando estricta justidia, y por fuerza de las cir- 
cunstancias, le informa de cuál y cuánta es la inoh 
portancia del tema en debate, y de todo el interés 
de las consideraciones del orador al respecto: él 
siempre tiene un gesto de duda para todo eso y le 
dedica un bostezo de indiscutible aburrimiento. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


47 


En . seguida inclina, lentamente, la cabeza, como 
si lo hiciera cediendo al' peso de su frente, y con 
la vista fija hacia delante, y levantada como si 
mirara por encima de los lentes — que no usa — 
queda, poco á poco, tranquilo, no acusando su pre- 
sencia en 'aquel sitio más que el intermitente cru- 
jido que, por el rítmico alentar de su organismo, 
deja oir la silla en que descansa, cual si abrumada 
por toda la gravedad que la oprime, no pudiera 
contener el quejido de sus maderas momentos antes 
de deshacerse en astillas: duerme. 

Aplausos, imprecaciones, risas, y hasta silbidos, 
explosiones características de esas tempestades que 
levanta en los parlamentos, la palabra expresiva de 
ideas y sentimientos diferentes, como el chirrido y 
las nubeeillas de vapor que se desprenden de la 
fragua donde el metal fundido recibe la forma de 
su utilidad: todo ha sido poco, á veces, para des- 
pertarle, y ha pasado sobre su sueño, como las deto^ 
nadiones de una tormenta, ó una batalla, sobre un 
muerto, sin conseguir perturbar la paz de su reposo. 

Y cuando todo ha concluido, y ya no es posible 
que allí quede alguien, él alivia el sitial en que 
descansa, y sintiendo la mortificación del transporte 
de toda su adiposidad: por la puerta del palacio 
donde pasan uno á uno sus colegas, él sale volu- 
minoso como un grupo, maldiciendo de los sacrifi- 
cios que impone la remuneración que percibe de 
la patria por legislar. 



BIKN ENVUELTO. 


Cuentan que bajo la férula de la necesidad y de 
la voluntad paterna, allá en los días lejanos de su 
niñez ocupó mucho tiempo la banqueta encorada del 
artesano remendón: fué lejos de la capital que le 
vería político, dónde adquirió la virtud del trabajo 
que le dió mesa, techo, y, pasado algún tiempo, un 
título para ser ejercido en otro plano de la sociedad, 
y que, desde entonces, acompaña su nombre, y es su 
mérito más distintivo. 

De la vida de allá abajo, en el subsuelo social 
donde tuvo or'igen é iniciara sus actividades en la 
modesta forma que queda mencionada, sólo ha con- 
servado un ademán delator en sus brazos, que, á 
veces, perjudica su oratoria privándola de su elo- 
cuencia en los mejores momentos : cuando después 
de- esfuerzos, visiblemente angustiosos, para expre- 
sar una idea, logra terminar un párrafo y cerrar 
un período, lleva sus puños junto al pecho, y en un 
movimiento repentino, inconscientemente, todavía 
se abren como cuando cosían el cuero sobre la horma 
sujeta con el tirapié. 

El gesto, incongruente siempre con el sentido de 
su verba laboriosa, á. menudo no halla en los cir- 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


49 


cunstantes la disereción necesaria para no pagar 
tributo á la hilaridad, que extremada, á veces, ha 
interrumpido definitivamente el discurso al orador, 
y esto tiene disgustado al hombre, que no ve la edu- 
cación que deseara para recibir su palabra. 

En compensación usa modas, pues tiene apren- 
dido, en las enseñanzas de la vida, que, como s’iemr 
pre, el traje también da dignidad entre las mayorías 
dé ciertos ambientes de la sociedad moderna, y falto 
de personalidad propia, é incapaz de substraerse al 
medio, siente la necesidad de adaptarse á la más 
fácil originalidad ajena, que es la que más ve por- 
que en todas partes abundan gentes que la posee*.' 
así. 

Y aunque también esta faz de su transformación 
no ha tenido éxito, y ha inspirado una frase de la 
eterna sátira al mal gusto, él vive abroquelado en 
ella como en el último reducto de su fortaleza con- 
tra los que no pueden igualarle el sastre, y es 
feliz dondequiera que puede hacer triunfar su ropa. 

Basta para su consuelo, la convicción que le 
anima de que sea él lo que sea, siempre es algo 
bien envuelto. 



EVOLUTIVO. 


No ha leído á Spencer, pero hubiera podido servir 
al filósofo para comprobar en una forma más, que 
indudablemente no previó, la gran teoría de la evo- 
lución que más que todos ilustró. 

Como él dice, esa aptitud ha de venir desde muy 
lejos en sus antepasados, y él la ha de haber traído 
al nacer, junto con el hábito de no explicar la razón 
de sus cambios. 

Según .afirma», seriamente, y lo demuestra con la 
conducta que le es característica, está hecho como 
se necesita para no hallar dificultad en los cambios 
más radicales de su posición política, siempre que 
ello convenga á sus intereses, pues sostiene que 
la satisfacción de éstos no está reñida con loe debe- 
res del hombre público, lo que nadie le contraría 
mientras no agrega que ese es su linico objeto. 

De ahí el procedimiento que le distingue y le 
muestra, desde largos tiempos, de manera que to- 
davía asombra á algunos, arranca críticas á mu- 
chos, y hace sonreír al restoi, que son los, más. 

Pero, conste que si lo dejan explicarse, tiene ra^ 
zón, pues, según lo declara decididamente, no se 
puede tener toda la inteligencia que él tiene, y per- 



SÁTIRAS É ironías 


51 


manecer aferrado mucho tiempo á las mismas ideas ; 
porque — como él, con la sinceridad que se atribuye, 
lo proclama — es algo definitivamente averiguado 
que las cosas cambian, y no se las puede ver todos 
los años del mismo modo . 

‘ ‘ Sería preciso, despojarse del talento que se tiene 
— se le oye, á veces — para aceptar con el criterio 
del día antes las cosas que son viejas al siguiente”, 
^ todos saben que es verdad, que en ocasiones, él 
ha llamado inadmisibles ante la razón, el patriotis- 
mo, y la dignidad, á los ideales que hacía rato eran 
para él, motivo de la oferta de todos los sacrificios 
de que se dicen capaces, ciertos ciudadanos, en aná- 
logas circunstancias. 

Han de ser estos, casos de rapidísimo envejeci- 
miento de las creencias, porque si así no fuese él 
no las sustituiría tan radicalmente como lo hace, 
mediante su aptitud evolutiva. 

¿Qué puede, pues, haber de extraño en sus cam- 
bios operados infaliblemente, de una situación á otra 
de las que se suceden con los hombres que se re- 
emplazan en el poder ? ■ 

Nada, como él exclama, y por eso, .solamente, aun- 
que sirvió, por la misma razón que á otros antes, 
al régimen pasado, procura cooperar, cómo y en 
lo que se le diga que es conveniente, en el de ahora, 
aprestándose mientras tanto para hacer lo mismo^ 
.si lo dejan, con el que venga : efecto de la evolución, 
que es el tributo que paga, según él, á su superiori- 
dad mental. 



PEDESTRE. 


Hay preferencias que parecen atavismos, como 
las de esos espectadores de las gradas, que en los 
teatros y en los circos, así que se impacientan ó 
entusiasman, como si les descendieran los sentimien- 
tos á los calcáneos para salir por debajo de la suela 
de los zapatos, en vez de usar de la facultad de la 
palabra que distingue al hombre entre los demás 
seres animados, se valen de los pies para expresar 
sus ideas y sus emociones. 

Este no puede remediar esa costumbre, y cuando 
desde la butaca que ocupa, el interés del episodio 
dramático que contempla, ó la sugestión de la mú- 
sica que escucha llegan á emocionarle, nada ten- 
dría poder para dominar sus nervios, según explica, 
y contra las súplicas de los amigos, las demostra- 
ciones de desagrado y hasta de protesta en los demás 
espectadores, por el perjuicio del efecto artístico de 
la obra que se interpreta : él siente que lo que 
recoge por la vista ó el oído, para su entendimiento 
ó su sensibilidad, apenas le convence ó le conmueve, 
va desde los ojos, ó los oídos, recorriéndole el cuer- 
po hasta los pies, que, cual si en ellos se condensara 
toda la corriente que le domina, como en los ex- 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


.53 


tremes de un mecanismo para eso, golpean acelera- 
damente el suelo con más ruido que el redoble de 
un tambor. 

Las increpaciones de los más irascibles molesta- 
dos, las risas de les circunstantes que no pueden 
disimular su hilaridad, y hasta la intervención de 
los agentes del orden público, ha sido, es y seguirá 
siendo poco, siempre, para modificarle y hacerle 
adoptar otros medios de expansión y descarga de 
su ser emotivo. 

¿ Por qué no hace con las manos eso que se llama 
aplauso?, le preguntaba cierta noche alguien que 
padecía su vecindad en un concierto con música 
de cámara, y hasta el cual había llegado el prójimo, 
como siempre, con sus elementos demostrativos dis- 
puestos á responder fielmente á las sensaciones que 
experimentara . 

Por dos motivos, respondió; primero porque no 
lo sabrían hacer: confieso que descuidé su educa- 
ción en esas habilidades; y segundo, porque opino 
que se debe dejar libertad á la naturaleza para sus 
manifestaciones, y puedo asegurarle que en la mía 
es una tendencia innata la de expresarse con los 
pies. 

Y no habló más: como en ese momento le entu- 
siasmara un fragmento de la música que oía, re- 
pentinamente perteneció á la costumbre que le do- 
minaba, su interlocutor le vió agitarse con vigor en 
su asiento, y antes de que pudiera salir de su 



54 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


asombro, resonó en la sala el estruendo de los pies 
con que el sujeto expresaba sus convicciones, se- 
guido de lo siseos, gritos, risas é insultos que infa- 
liblemente provocaba- 

La tempestad de siempre. 



UN ARRAIGADO. 


No sabe con precisión cómo fue, pero sabe que 
está, y eso le basta para lo esencial, que es cobrar 
por ello. 

¿Que otros lo hacen con más derecho, porque 
lucharon para venir, y se muestran dignos de estar 
donde llegaron ? De eso él no es responsable porque 
no es de él la culpa si no pudo evitar que lo tra- 
jesen. 

Y en cuanto á la crítica que con frecuencia pa- 
dece porque desde el asiento donde se siente cómodo 
mensualmente, no haya nunca dejado oir su palabra 
legislativa, la juzga injusta porque no teniendo él 
la responsabilidad de lo que le han hecho, no admite 
obligaciones iguales á las que naturalmente corres- 
ponden á los que están allí por haber hecho todo lo 
necesario, y mási, para ello. 

El, no sólo no hizo algo para hallarse en compañía 
de tanta entidad representativa, sino que se resistió 
á dejarse conducir hasta aquella matriz de las leyes 
malas ó buenas que padece ó disfruta el país. 

Pero como no pudo evitar el triunfo de la volun- 
tad popular que quería el suyo, no está dispuesto 
á complacer la mala intención de los que repiten 





56 JUAN ANTONIO 2ÜBILLAGA 

■cotidianamente en diarios ó verbalmente, en todos 
los centros de reunión, que allí está mal y que debe 
retirarse ; eso no, y desde que le colocaron en su 
sitio, ha sabido conducirse como es debido en buena 
sociedad, pero, decidido á no salir de allí sino como 
otro colega suyo que sabe que hubo en un país de 
por ahí, y que afirmó cierta vez que no abandonaría 
su puesto si no lo obligaban con la punta y el filo 
de las bayonetas. 

Además: ¿no es lo justo, lo legal, lo democrático, 
ir á parar en eso de hacedor de leyes, por la volun- 
tad soberana de los demás ? Y si es así, ¿ quién pue- 
de con más, ó sólo tanto derecho como él, decir que 
está donde está, por la decisión ajena? 

Por eso dice que no se irá, y no se va . 

Acaso vuelva . 



BIJOU. 


Por lo que algunos hombres son, física, moral é 
intelectulmente, hay responsabilidades que alcanzan 
á toda la familia. 

Es el caso de Bijou: nacido, como es necesario, 
para no ser algo por sí, apenas es lo que de él han 
hecho, é inocente de esa obra ajena, no tiene ni la 
menor culpa en su confección. 

Desde que llegó al mundo, fue recibido por las 
más exageradas alabanzas, siendo ellas la iniciación 
de las que habían de sueederse en todas las edades 
de su vida. 

Ese día, el elogio no hallaba igualadas por las 
de otra criatura, su belleza y su robustez; pasados 
algunos años, y negado por la naturaleza el vigor 
a^buído, se le halló bello todavía, y, además, 
fenómeno de superioridad intelectual ; cuando en la 
escuela se exceptuó sobre él y los que con él eran 
vulgo estudiantil, un zapatero, se recordó que tenía 
apellido tan distinguido como la presencia, -y que 
por ello le quedaría bien un título facultativo ; así 
que Se vió tan doctor como otros, y tan capaz como 
ellos de demostrar hasta dónde mereciera el grado, 
se le halló destinado, por la ciencia y los talentos 



58 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


necesarios para eso, á la más brillante y provechosa 
carrera ; entonces se pensó que era buena iniciación 
de ella, un matrimonio de conveniencias, que, en- 
tendidas éstas de doble manera por los que le cui- 
daban el destino, le alcanzó, de una vez, la fortuna 
y el favor oficial : desde entonces, con esas ventajas, 
j)or la primera hizo vida opulenta, y por la se- 
gunda, ocupó altos cargos. 

Y al través de los años, después del goce de cuánto 
conquistaran siempre otros para él, hoy se le halla 
en la vida, como en aquel lejano día en que la 
empezó : incapaz de algo por sí, pero constantemente 
halagado por la lisonja, fiel compañera de toda su 
existencia, á la que está acostumbrado, pero, á la 
cual, á veces, recibe con intranquilidad, porque hay 
algo como la voz de las cosas y los hechos verda- 
deros, que le habla allá en la más recóndita inti- 
midad de su conciencia, y le dice, en ciertas horas 
de introspección y sinceridad humanas, que no es 
de él todo aquello que las motiva, y son los elogios 
de una obra ajena los elogios del triunfo suyo. 



COMODIN. 


Pocos escepticismos tan justificados como el que 
á éste inspiran el talento y la instrucción de las 
gentes : no los cree necesarios para algo bueno . 

No tiene una reverencia, nunca una amabilidad, 
jamás un homenaje, para las personalidades inte- 
lectuales más oelebradas, para los grandes triunfos 
científicos, literarios ó artísticos. 

Todo cuanto implica un merecimiento moral le 
deja indiferente si no se le consulta, y si se le 
toma opinión, apenas le dedica una sonrisa de gla- 
cial menosprecio, que evidentemente acusa muy 
profunda convicción . 

Y, fuera de toda duda, sobrados son los motivos 
que le asisten para ello. 

El lee despacio, pues no está demostrado que sea 
indispensable hacerlo con rapidez ; escribe, sin some- 
terse á tiranías ortográficas, pues no las toleraría 
su amor á la libertad ; suma, résta y multiplica : no 
alcanza á dividir, porque siente antipatía por la 
índole disolvente de esa operación, aparte de que 
en cuestiones aritméticas no quiere elevarse á cálcu- 
los superiores. 

Estos, y algunas relaciones con caudillos electo- 



60 


J JAN ANTONIO ZUBILLAGA 


rales, á los cuales debe varios de sus éxitos, son 
todos sus conocimientos, y sólo con ellos, que for- 
man el bagaje de su capital político, ha sido tanto 
como los ciudadanos .más eminentes de su país. 

“Médicos, abogados, ingenieros, literatos, orado- 
res, todos cuantos logran más reputación y por 
ello lo pasan más mortificados que «yo, ¿en qué se 
diferencian de mí ?: en los títulos, en lo que saben, 
y en lo que valen”. 

“Pero en los resultados prácticos de las activi- 
dades, en la consecución de los beneficios, que es lo 
que importa y aprovecha en la vida: en eso los 
menos me igualan, y los ,más, apenas se me apro- 
ximan ” . 

Y, efectivamente, es así. 

¿Qué hizo para ello? 

“Ser útíl”, como él dice, “sólo prestarse para 
serviy á la causa de las instituciones, ofrecerse para 
ocupar vacantes de actividad política, y . desempe- 
ñar tareas cívicas en jornadas electorales”. 

“¿Puede ser culpable por haber aceptado todo 
aquello con que se le recompensa ? Seguramente que 
nadie sería capaz de afirmar que debió rechazar 
las demostraciones de los agradecimientos que mo- 
tivara”. 

Entretanto, helo ahí prosiguiendo su marcha 
triunfal, como un astro. en su órbita, acaso á mitad 
de su carrera, pues, como es sabido, las funciones 
representativas de los pueblos, en el poder legisla- 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


.61 


tivo del estado, se ejercen á nivel lejano del de las 
más altas cumbres de la orografía política. 

¿Quién podría afirmar qjue no continuará su 
ascensión? ¿No posee acaso para ello el medio más 
eficaz, en la facultad de acomodarse ? 

Pues continuará justificando ese título que le si- 
gue como una estela y queda tras de sí, como un 
símbolo de su gloria, en su camino: comodín. 



UN AUTOR. 


Cansado de oir afirmar á los suyos que no servía 
para nada, desde que lo expulsaron de la escuela 
casi sabiendo leer, pasó aquella adolescencia, des- 
conceptuada hasta entre sus amigos, holgando mu- 
cho y aprendiendo poco. . . bueno. 

Data de entonces su frecuentación del teatro, y 
sus amistades con gentes de la escena ; y desde esa 
fecha, silbando tangos y adoptando aspectos de 
protagonistas del género criollo, le han crecido la 
afición y el pelo, hasta dejarle convertido en lo que 
él llama un autor y tiene apariencias de algo menos. 

Lo recuerda siempre con escalofrío: fué propo- 
niéndose resultar más admirable que con la relu- 
ciente melena y el aire melancólico, á cierta dami- 
sela de entretelones, que no- lograba conmover con 
todo aquello, que incurrió en la tentación de hacer 
una pieza para el teatro, como las hicieron otros con 
lo mismo que él tenía para poder emplear en eso: 
voluntad y tinta, papel y pluma. 

Y tiene aquella fecha la primera vez que no fué 
comprendido, porque el director de la compañía al 
cual leyó el manuscrito' de lo que había hecho y 
llamaba su primera obra, resultó, después de la 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


63 


lectura, de nivel intelectual muy inferior al que el 
autor creía 'necesario para comprender todo el mé- 
rito que había puesto sin esfuerzo — según ya adver- 
tía á los oyentes — en aquel trabajo improvisado^ 
pues le declaró terminantemente que aquello era 
impresentable . 

Sin embargiO, como Chenier, él aseguraba que 
sentía algo debajo de la cabellera pacientemente 
peinada — ^lo que bien podía ser verdad — y decidió, 
acaso por aquello de que el que no manda en nadie, 
todavía puede mandar en sí mismo, insistir en la 
extracción de lo que suponía en su cerebrO', y se dió 
á la costumbre de la producción intencionada para 
el teatro pero, siempre, infaliblemente, destinada 
tras de las respectivas lecturas, á las intimidades de 
su archivo, hasta hacérsele aquello un vicio, como 
todos, conducente- á perjudiciales consecuencias. 

¿Cuántas veces reincidió de esa manera, en. el 
propósito de que se le considerara autor dramático ? 
No es posible determinarlo', aunque se sepa con se- 
guridad que fueron tantas cuantas se negara el ar- 
tista oyente á tomarle por otro, y declararle lo que 
pretendía con tanta decisión como poco motivo . 

Entonces, tomó otro rumbo, y en vez de las lec- 
turas al director, cultivó la amistad con todos los 
elementos de las compañías más modestas, obsequió 
á los influyentes, fué inseparable de los que podían 
decidir la admisión de una obra, y así,' tras largo 
y porfiado empeño, pasados múltiples disgustos, y 



.04 


JUAN ANTONIO ZUBTLLAGA 


lio escasos sacrificios, un día, al través de los años, 
pudo leer su nombre en un cartel de la calle, que 
;anun ciaba el estreno de una obra de’ la cual se le 
llamaba autor; y fué esta la centésima vez que se 
vió incomprendido: sólo que en lugar de serlo por 
un oyente, como hasta entonces, lo fué por todos 
los que llenaban un teatro. 

'Después de .aquella tempestad cuyos rigores to- 
davía le silban en los oídos, la experiencia le hizo 
adquirir ventajas en los procedimientos, y á favor 
de hábiles alianzas con quienes hacen la crítica en 
el periodismo, fué suprimiendo las intolerancias, 
consiguiendo complacencias, recibiendo elogios, has- 
ta verse incluido entre los que conquistaran autori- 
dad, y hacerse pasar por uno de ellos. 

Y hoy : hoy con la cabellera más larga, llamativo 
el traje, amanerado el gesto, se traslada por la ciu- 
dad, admirando en los cristales la elegancia que él 
se ve, suponiéndose atendido por todos los trai^ 
seuntes, creyendo ser el que soñó; pero con la ca- 
beza tan vacía como al iniciarse allá en !a adoles 
ceneia; sin otra cultura que la que entonces tenía; 
no capaz de algo más que antes, y feliz cada vez 
<que ve su nombre en los carteles, tan claramente 
impreso como el de los que valen. 



CONFESO Y APROVECHADO. 


No ‘ignora la opinión que se tiene de él; pero 
sabe que la merece. 

Por eso, si ,es verdad que ni cuando está en su 
domicilio siente la intención de protestar 'por ella, 
también lo es que tiene aprendido en muchos exá- 
menes concienzudos del fenómeno, que no le perte- 
nece la responsabilidad de él. 

Como dice muchas veces á sí mismo : ¿ qué culpa 
tiene de ser como- es?, ¿acaso él se hizo? Ni si- 
quiera sus autores tuvieron que ver en eso: son 
descuidos de la naturaleza que, como desde viejos 
tiempos se conoce, no puede hacer perfectas todas 
sus obras. 

De eso provino que él naciera así, y esté como es, 
donde legisle, digiera, ó haga cualquier otra cosa, 
pues, según lleva repetido cuando le obliga la in- 
discreción ajena, en tratándose de “materia pri- 
ma” cada cual es para siempre de lo que le hicie- 
ron, y á ninguno es dado cambiar su estofa. 

¿Por qué, entonces, tienen algunos desconside- 
rados, la pretensión de que él haga lo que sólo sería 
posible con otra alma que la suya? ¿No saben que 
no se puede cambiar lo que cada sér trae para 


5 



66 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


sentir y pensar en todo el viaje de la 'existencia? 
¿ O creen que á él no le producen disgustos las con- 
secuencias de esa deficiencia que padece? Tanto ú 
más que á otros, ser maneo, jorobado ó cojo, y 
bien saben todos que él — que no es un espíritu 
retrógrado — si hubiera podido cambiar una sola vez 
lo que tanto le molesta, lo hubiera hecho como lo 
hace diariamente con sus .ropas interiores y exte- 
riores . 

Pero, .aparte de todo esto; ¿acaso alguna vez él 
ha estorbado á los otros la libertad de tener mejores 
ideas? 

Y así, siempre: confesando su condición, y ha- 
ciendo ’el alegato de su 'inocencia; bajo el peso de 
su timidez, pero con el anhelo de la justicia en lo 
que cree que ella puede favorecerle; en cualquier 
hora y en cualquier sitio, es presa de la necesidad 
de explicar lo que le falta y lo que le sobra; por 
qué no le corresponde la causa de ello ; hasta dónde 
es 'su defecto y cómo tuvo que aceptarlo. 

Pero, aunque demuestra que se conoce, y se juz- 
ga, y en poco se absuelve y en mucho se condena: 
permanece, sin necesidad, donde sabe que no puede 
hacerlo sin comprobar lo 'que le desprestigia, y se 
considera compensado con la retribución y la auto- 
ridad del cargo que inviste. 

i Cuántos así, nacidos con la aptitud de esa feli- 
cidad ! 



SOLEMNE VACIO. 


Alto, voluminoso, adusto, avanza con lentitud ,y 
va como los santos en las procesiones ; deteniéndose 
de trecho en trecho, cual si en él una majestad 
esperara la veneración de los fieles de su iglesia . 

Por eso doquiera se le ve, parece que lo pasean 
por su parroquia, y deja la impresión de que se 
halla desempeñando papel -principal en alguna ce- 
remonia. 

Pero, eso no es .más que su manera natural de 
ser, y si la observación penetra y llega al interior 
del armazón que da el aspecto: más allá de las 
apariencias, como del otro lado del palacio pintado 
en una decoración de teatro, no se halla más que 
el hueco, vacío de todo cuanto no es necesario para 
que cumpla su destino. 

A veces, circunstancias inevitables en la vida pú- 
blica á que fuera llevado — acaso precisamente por 
la condición distintiva de su idiosincrasia, pues los 
que con ella nacen la traen como un rótulo explica- 
tivo de su destino, para que no se les dé otro uso — 
le hacen ofrecer á él mismo la oportunidad de que 
se le haga la psicología reveladora de su sér inte- 
rior, y entonces aunque comprende que no puede 



68 


JUAN ANTONIO ZÜBILLAGA 


resistir á esa contabilidad de su haber espiritual, se 
sobrepone á la angustia de esos momentos, y se 
aparta de esas preoicupaciones que pudieran pertur- 
bar la serenidad impertérrita con que sigue su ca- 
mino. 

Ha sido en tareas de magna y trascendente legis- 
lación para pueblos que la tienen merecida, dónde 
más frecuentemente tuviera necesidad de dejar ver 
el forro intelectual de esa frente dilatada bajo el 
cabello bien peinado que él ostenta, ’á veces, incli- 
nada, como la de otros por el peso de los pensa- 
mientos que contienen. 

Y allí, todo, desde el “pido la palabra”, hasta 
el “he dicho”, preparativos, ademán y gestos, tiene 
en él la expresión del anuncio y la promesa de las 
grandes cosas, parece como que se refirieran á ,1o 
más grave de la vida, á lo último y superior en 
toda cuestión, á lo que encierra toda la ciencia y la 
suma sabiduría humanas. 

Sólo que cuando ha callado, siempre, invariable- 
mente, todos piensan de él lo mismo, y se dicen y 
repiten los unos á los otros: ¡y sin embargo, pare- 
cía que iba-á opinar algo! 



INTRANQUILO. 


Si tuviera que presentar una razón para explicar 
su eonduota, ó se le exigiera una justificación de 
su actitud, le sería muy difícil saldar su cuenta con 
la opinión; pero sabe que nadie se propone per- 
turbar su tranquilidad con el examen de su pasado, 
y es feliz. 

De cuando en cuando, algo como un anticipo sobre 
las precauciones que espera le imponga el porvenir, 
le haee dar explicaciones sin que se le pidan, y 
entonces, expone su actitud á su manera, y siempre 
tiene razón. 

Pero, siente que su perseverancia no interviene 
en el criterio público ; que se le sabe reo, y que está 
juzgado definitiva, inapelablemente. 

La razón, la moral, el derecho, la justicia, la 
■patria, hasta la familia, invoca como móviles de su 
acción, con el propósito de que se le justifique lo 
que ha hecho y él sabe cómo es ; y cada vez que sus 
labios articulan aquellos vocablos expresivos de otros 
tantos conceptos respetables, sólo consigue advertir 
indiferencia ó incredulidad. 

Entonces se interrumpe, vuelve á la silenciosa 
prudencia que le conviene, y queda usufructuando 



79 tfUAN ANTONIO ZUBUíLAGA 

el puesto desde el eual sabe que puede desafiar la 
¡reprobación que siente bajo la indiferencia de los 
que le escuchan, porque sabe que es impotente el 
desprecio de todos, para moverle de dónde está 
puesto por la aptitud que es la mancha de su nom- 
bre. 

Y queda en su sitio que mereció como pudo. 



SUFICIENTE. 


Yo puedo; yo hago; si qhiero soy el primero; 
sé más que cualquiera; hablo y escribo mejor que 
todos; soy fuerte; soy espiritual; enamoro á todas 
las mujeres que deseo; en fin: Dios hizo el mundo 
y, aunque no solo porque la verdad es que hay 
otros, yo estoy en él para triunfar, en todo y 
siempre. 

Eso, ó todo lo que vale tanto, ó tan poco, es, en 
síntesis, cuanto, á cualquier hora, ó en cualquier 
sitio, expresa en sus gestos, ademanes, palabra, aire, 
trajes, mirada, y hasta silencio, el ente que hoy re- 
cordamos. 

.¿Qué hizo para motivarlo? 

Naéió, lo nutrieron y creció; fué á la escuela 
donde entre el maestro y los libros le igualaron á 
algunos ; de allí pasó á las facultades superiores, de 
donde salió tan doctor como otros ; en seguida ofreció 
su nombre titulado al mejor postor político, hasta 
que le conocieron las aptitudes y uno le tomó á su 
servicio ; y de entonces data su vida pública, constan- 
temente dirigida al éxito, .y en todas sus orienta- 
ciones sieiúpre limitada 'por la satisfacción del úl- 
timo apetito; sin un miraje que levante la frente 



72 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


con el anhelo de una ascensión dignificante; sin 
una mira alta, de esas que arrancan de las sombras 
del suelo hasta á los gusanos, haciéndoles encami- 
narse hacia la luz. 

Y en 'el aula, como en la tribuna, en la prensa, 
en el salón, ó en el paseo, él siempre, para él, es 
el primero, y nacido incapaz para la percepción 
de las diferencias de las tallas y la desigualdad de 
los vínculos, vive feliz con su convicción, sin pre- 
guntarse nunca por qué es otra la opinión de todos 
á su respecto, ni qué habrá distinto de él en los que 
sin pensarlo ni procurarlo, reciben de todos ese pre- 
cioso dón de la fe, y del respeto que él no halla, 
más que allá en la obscuridad ignota de su fuero 
interno . 

Por eso no advierte nunca sus derrotas, y en cual- 
quier empresa, cualquiera sea la opinión que deje 
tras 'de sí, siempre sale satisfecho con el logro de 
lo que se propusiera — según costumbre: poco y 
cerca — como algo solo posible para las facultades 
y esfuerzos excepcionales de los hombres superio- 
res. 

Así continúa, para su dicha, pudiendo decir como 
si fuera realidad : soy, puedo, hago, valgo, sé, triun- 
fo, más que los otros y por encima de todos. 

Feliz él. 



ÉL ERA UN SER SUPERIOR. 


Cuando pequeño, después de un sarampión, que- 
dó distraído y reticente. 

Como con la edad 'crecieron él y eso, al dejar 
la escuela, terminada .la adolescencia, fué incapaz 
de comprender quién era, pero quedó convencido 
de su igualdad con cualquiera persona de mérito. 

Entonces, no pudiendo ver otras diferencias en- 
tre las gentes, distinguió aspectos, y prefirió uno: 
formó melena con el cabello que tendía y apelmar 
zaba sobre los huesos del cráneo; arrugó la frente 
para parecer reflexivo ; adoptó el más extravagante 
abandono en el traje; tuvo gestos de desprecio al 
oir los elogios de otros; sonrió irónicamente ante 
todos los éxitos; negó á los que triunfaban; y se 
llamó incomprendido. 

Pero cuando más satisfecho estaba de la traza y 
la conducta imitadas — que eran su única obra — ocui- 
rrióle el hallazgo de la decepción, que, como de 
antiguo es sabido, en el camino de la vida sale 
al encuentro de las ilusiones para amargar las me- 
jores horas. 

Fué una noche, en la cual, al retirarse disgustado 
de donde la ovación sancionaba el triunfo de al- 



74 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


guien cuyas facultades habían recibido su fallo ne- 
gativo y su irónica sonrisa, advirtiera que como 
sus adopciones intelectuales derrotadas, su catadura 
era objeto de la observación desconfiada de los 
agentes de policía, y al divisársele á lo lejos, entre 
el ambiente nocturno, ahullaban los perros y eriza- 
ban la cola los gatos. 

Entonces, en medio de su tribulación, como al 
mágico conjuro de la suerte adversa, sintió llegar 
á su memoria, claro, fatídico, y sin una sola letra 
menos, el párrafo aquel de la réplica de un contrin- 
cante en los días de su fe en sí mismo: 

“^Y sí á pesar del pelo largo, del traje sucio, y 
de las afectaciones maniáticas, no fuera más que 
un mancebete con la jeta mocosa pegada sobre la 
página de los libros, para deletrear las ideas de 
los hombres, llamar á ellas su ciencia, creer suyo 
el talento de ellos, sentirse satisfecho y quedarse 
grave?” 

Y eso.fué el fin del tÜpo, y el principio de un 
ser normal . 



EL DE LA DEBILIDAD. 


^ Todos los días recuerda el origen de su fortuna, 
ipero no llama al hecho con el nombre de lo que 
fue, y le dice “su debilidad”. 

Ya en la infanciaj la familia había advertido en 
él grandes facilidades para hallar la solución de los 
más difíciles problemas; con el mayor desprecio 
por las reglas establecidas, revelaba audacias extra- 
ordinarias, tentativas inesperadas, que aunque acu- 
saban una incomodidad ante el orden regular admi- 
tido para la realización de lo que se proponía, y 
dejaban ver una tendencia á violar la ley recono- 
cida por todos, eran siempre, indiscutiblemente, pro- 
cedimientos expeditivos. 

Creció, y con la dilatación del cuerpo ^coincidió 
,1a de su conciencia, y así cuando 'fué hombre, sin 
conocer el freno moral de los escrúpulos que expe- 
rimentan los que sienten la necesidad de hacer de 
la conducta una consecuencia del deber, continuó 
usando para la solución de los problemas de la 
vida, los métodos que aplicaba para resolver los de 
la escuela. 

Pero, la sociedad tiene autoridades que, aunque 
no falte quienes les nieguen legitimidad, no las ha- 



76 


JUAN ANTONIO ZÜBILLAGA 


lien respetables, y hasta, se propongan burlarlas, 
logrando, .á veces, escapar á sn alcance, son efec- 
tivas, cumplen un cometido en la comunidad, y á 
su vez, en ocasiones consiguen defraudar propósitos 
^ñcompatibles con los intereses para -cuya custodia 
están organizadas, y malogran los planes fraguados 
por la aptitud necesaria para proponerse transgre- 
dir las leyes. 

Y esa institución de las sociedades constituidas 
jen organismos por el derecho, fué la que, no obs- 
tante el perfeccionamiento de las habilidades que 
(desde la primera edad de la vida, revelara para 
apartarse en la consecución de lo que deseaba, de 
los procedimientos rectos empleados por los demás, 
y lograr su objeto por recursos insospechados, casi 
le perturba la digestión de una de ésas obras de 
su industria personal. 

, Aquello fué extraordinario: después d,e haberle 
salido siempre bien, todo cuanto se propusiera con- 
tra lo que debía ser, durante largos años de vida 
difícil, pero cotidianamente triunfal, á su manera, 
pna vez, en solo un día, casi le fracasa el sistema, 
y se le viene encima responsabilidad bastante para 
Jiacerle arrepentir de todo lo que había hecho con 
arreglo á él. 

Máxima actividad de su perspicacia, prodigiosa 
multiplicación de su diligencia, influencias, caridad, 
intervinieron á tiempo para salvarle de la acción 
legal que le alcanzaba; pero en la contienda lie- 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


77 


yaba jugado el nombre, y lo perdió, pues aunque 
de la prueba salió administrativamente absuelto, no 
escapó á la sanción moral, que es la pena de la 
tconciencia pública. 

Y él lo sabe, porque lo siente, y por eso, en medio 
á la fastuosidad conseguida en aquella forma, en 
todas partes se halla intranquilo, está en sociedad 
como ante jueces, y lee constantemente, en las mi- 
gadas, en las reticencias, y hasta en el silencio, algo 
que le acusa y le dice : delincuente. 

Así vive mortificado y lamenta su “debilidad”. 



IDEMISTA. 


Llegó, como otros, por la influencia de quien pu- 
diera extraerle á la superficie sin necesitar, para 
sus propósitos, malgastar atención en averiguarle 
las aptitudes. 

Pero, él, se vió, naturalmente, en la precisión de 
ser lo que podía, y resultó sólo como se le conoce. 

. Todavía está por dejar oir su primer discurso, 
pero dotado con la sincera modestia que casi siem- 
pre acompaña y es el mejor adorno del mérito efec- 
tivo, no padece el hombre impaciencias por la gloria, 

I 

j hasta ahora todo demuestra que no está apurado 
por recoger 'ese primer aplauso que él sabe que le 
espera para cuando revele sus dotes oratorias. 

El ha oído á gentes que leyeron — pues parece que 
hay seres curiosos capaces de hacerlo — hablar de 
recuerdos clásicos, demostrativos de tanta prudente 
continencia verbal como la suya, para mejor adqui- 
rir en el estudio y en la lucha contra los defectos, 
la perfección de la palabra y el dominio de la elo- 
cuencia que más tarde diera gloria inmortal á quie- 
nes lo hicieran: “hasta de uno que se ensayaba 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


79 


ante el mar, para, vencer el ruido de las olas y ad- 
quirir el hábito de la oratoria frente á todos los 
tumultos, le han contado algunos que le supusieran 
con candidez para admitir semejantes patrañas”, 
como él dice. 

Sus procedimientos son personales, distintos, y de 
ellos se promete que, cuando menos, sean tan efica- 
ces para alcanzarle el éxito que desea, como cuales- 
quiera de los que hayan valido á otros famas impe- 
recederas de eminentísimos tribunos. 

Por ahora, mientras no se decida á triunfar, sola- 
mente oye, calla, y contra el refrán no otorga, pues 
nunca ha tributado un aplauso á sus colegas más 
celebrados por su elocuencia, y cuando alguien do^- 
minando á un auditorio con maravilloso arte en su 
palabra, recoge la expresión del mayor entusiasmo 
en una multitud, él permanece impasible en medio 
á.la ovación, porque nunca halla á nadie que al- 
cance en la oratoria el grado á que él aspira, y que 
realice el tipo satisfactorio del ideal que él ha con- 
cebido y se promete realizar . 

A esa actitud él la llama conciencia: orgullo la 
han considerado algunos, y los más, mucho menos 
que eso; pero no está hecho él para modificar la 
conducta que le aconsejara su criterio, por opinio- 
nes ajenas, y sigue preparándose en la prudencia 
del silencio para ser 'aquello _ que él ha visto como 
en un sueño, y, en tanto envejece, pasa su vida par- 
lamentaria, como aquellos doctores que aprobaban 



80 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


todo sin dar nunca razón de su voto, y al través de 
numerosos años sólo se recuerda haberle oído decir 
“ídem" después del último que hablara en cual- 
quier debate. 

De ahí su apelativo. 



ÜN DESATENDIDO. 


I Cuánto tiempo hace que afirma que quiere salvar 
al país? Nadie lo recuerda; pero todos saben que 
4esde que le conocen le han oído decir eso. 

Si se diera crédito á su palabra, dice, ¡ qué lejos 
se hallaría la nación de donde está! Él no tiene 
certeza de cuál fuera exactamente el grado á que 
llegaría de esa suerte en sus progresos; mas siente 
que lo que expresan sus labios, si hallara fe en 
cuantos le oyen, sería algo así como un resorte im- 
pulsor que enviaría á la república muy lejos en la 
senda de sus destinos. 

Pero nO' inspira confianza ; casi no se le atiende ; 
es más ; á veces se le supone alteradas las facultades 
mentales . 

, ¿Por qué?: él padece el hecho sin alcanzar su 
razón; y cuando, experimentando, á veces, esa ne- 
cesidad de consuelo que conoce el que no logra que 
le escuchen aquellos á quienes se dirige, lleva su 
mirada á la historia, dónde está registrada toda la 
vida de la humanidad, para buscar un ejemplo de 
ese infortunio, sólo ve comparable, á San Juan, pre- 
-dicando en el desierto. 

Y así, dice, frecuentemente, en tono sentencioso 


6 



82 JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 

^ue parece encerrara ia amenaza del arrepenti- 
miento de los indiferentes, para breve tiempo : ‘ ‘ esa 
incomprensión de la palabra de los apóstoles fué 
fQuchas veces la perdición de los pueblos, y lo que 
,en otras ocasiones con otros, se verá repetido con- 
migo, ’ ’ 

Pasarán las generaciones, transcurrirán los siglos,. 
¡y cuando sustituida muchas veces por el tiempo y 
ia vida, sea otra la humanidad de estas regiones^ 
y pueblos mucho más adelantados sean la poste- 
ridad de sus ascendientes de hoy, ^tonces, en era 
^de clarovidencia y de justicia, se verá entendida 
la sapiencia y reconocida la moralidad que ahora 
no hallan la aceptación que él quiere . 

Entretanto, aquellos á quienes se dirige, gentes 
^e estos nuestros días de escepticismo, que ‘opinan 
¡que están viviendo clarovidentes y aptos para los 
discernimientos ‘equitativos, afirman que ya le ven 
bien cómo es, y saben la cifra que señalará su den- 
sidad moral en la balanza de las apreciaciones jus- 
jticieras . 

, Y sólo por eso, mientras él habla de ideales, prin- 
cipios, convicciones, sentimientos, anhelos altruis- 
tas, impulsos del patriotismo, y cuanto sabe más 
digno del homenaje de los pueblos, y perennemente 
^prestigioso ante la honestidad y la virtud, le sucede 
Jo que á todos los mal disfrazados en cualquier 
/carnaval, y oye y ve por donde va, que los labios 
y las miradas, le dicen continuamente: te conozco. 



JUBILOSO. 


Era el nombre de un sujeto extraordinario : por 
donde iba alegraba. 

Como es sabido, hay aspectos que dan tos : al 
cruzar quien lleva uno así, por entre la multitud 
de la calle, algo como una corriente eléctrica, va 
de él á la atención de los demás transeúntes, las 
miradas se encuentran y las gentes ríen, á veces 
hasta toser. 

Este era de esos. 

A pasos largos, con la satisfacción deh amanera- 
miento adoptado, iba, llevado por la preocupación 
de su importancia, siempre sonriendo picarescamen- 
te, abrochado el sobretodo, las manos en los bolsillos, 
recida la barba, el pelo abandonado á su desarro- 
llo, el sombrero deforme, los zapatos para otros 
pies . 

Y cada vez que, al llegar junto á las vidrieras 
del comercio de lujo, donde la alegría de la luz, 
atrae 'la de la juventud que se 'deleita en la con- 
templación y el comentario del desfile por las prin-* 
eipales calles, oía reir á paso, como si fuera un 
sembrador de la felicidad ajena, él contemplaba 
complacido su figura en todos los cristales que la 



84 JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 

reflejaban, y le decía como hablándole á otro, y con 
un guiño: ya sé por qué es. 

Siempre con el mejor concepto propio, á toda 
hora y en cualquier sitio, la satisfacción le condu- 
cía, y desde una mesa del café, como en el teatro, 
ú otro lugar de aglomeración pública, intervenía 
inesperadamente en el diálogo de gentes desconoci- 
das, aplaudiendo ideas, aconsejando perseverancias, 
ó preguntando y respondiéndose, exaltado el ade- 
mán y furibundo el gesto : “ ¿ para qué somos lo que 
somos, y cuál es nuestra misión, si no la de guiar 
á los inferiores ? ” , 

1 Y en seguida, cual si fuera .una irradiación de 
(Cuanto en su alma para eso, hacía su 'felicidad, se 
esparcía por su rostro, aquella sonrisa de suprema, 
invulnerable placidez, que defendía, como una ca- 
reta, lo que le hacía impermeable para el sentido 
natural del regocijo que causaba por donde iba 
dichoso por la satisfacción de su fe en sí. 



UN SABIO. 


Bía ciertos ambientes y en determinadas -circuns- 
tancias, la reputación es más que el talento, y tanto 
como el dinero. 

Este era un sabio cjue sabía hasta lo que nece- 
sitaba, porque sabía aquello, sabía que no valía, sa- 
bía que venía de abajo, y sabía que quería subir. 

i Cuánto sabía ! 

Con toda -esa ciencia, naturalmente estaba capa- 
citado para cuanto le podía ser útil, y así concluyó 
sucediendo lo que tenía que suceder: llegado que 
hubo á averiguar la molestia de los escrúpulos para 
luchar en la vida con los que llevan la ventaja de 
ir descargados de ellos, los arrojó con conciencia de 
lo que hacía, y aliviado de esa incomodidad empezó 
á ascender ágilmente por la cuesta difícil de la re- 
putación y los beneficios. 

Así, durante algún tiempo, alcanzó casi todos los 
éxitos que 'se propusiera, y tanto se acostumbró á 
eso, que, haciéndosele todo gloria, alguna vez incu* 
rrió su conducta en desviación de la senda trazada 
por las leyes, pues se dejara arrastrar, distraída- 
mente, por ideales cuya comprensión escapa á la 
mente de los legisladores, gentes capacitadas apenas 



66 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


para encauzar la vida dentro de prescripciones que 
no permiten exceptuarse ni á los sabios. 

Sin este contratiempo, seguramente, nuestro ham- 
bre hubiera proseguido, sin la interrupción que pa- 
deció, su carrera ascendente en los cargos públicos, 
cuyas funciones retribuyen con dinero y con honc- 
res : sabido es que es tradicional en las naciones muy 
civilizadas, remunerar excepeionalmente á los que 
'exeepcionalmente tienen nutrida la memoria, y que 
es como una consigna pública la admiración y el 
homenaje á los que desempeñan los cometidos que 
aquellas dotes les permiten. 

¡ Y qué sería del crédito intelectual de los países, 
si así no procedieran para demostrar su extraordi- 
nario adelanto y su rango superior entre los que 
van al frente de los progresos humanos! 

Por eso siguió cumpliéndose esa ley, tan honrosa 
como otras para la humanidad, y la vez del primer 
tropezón que diera aquel sabio mortal, por mirar 
á las constelaciones de su cielo, lejos de verse sospe- 
chada su prudencia y disminuida su reputación, 
fué admirado más el caudal de su sabiduría, pues 
se halló la razón para ello en el propio desliz, con- 
siderando que ella quedaba aumentada con un co- 
nocimiento más que acababa de adquirir en la ex* 
perieneia de aquel accidente. 

Así siguió 'feliz por su suerte, y así se conserva 
cada día más estimado, más seguro de su posición, 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


87 


con más fe en su ciencia de la vida, y más contíanza 
en la fuerza de su reputación. 

Evidentemente este era un sabio que sabía : ¡ cuán- 
to sabía! 



DISTRAIDO. 


i6i en. estos nuestros prosaicos días de egoísmos 
materiales, triunfos industriales y frialdad cien- 
tífica, fuera posible, como allá en los bellos y remo- 
tos días del pueblo heleno, esperar después de la 
vida, aquel pequeño trámite de la divina justicia 
que se llamara psicostasia, y consistía en el peso 
de las almas de los 'muertos, en la balanza de Jú- 
piter: indiscutiblemente el sujeto que nos ocupa 
podía confiar en que la ligereza de la suya le per- 
mitiría remontarse á las regiones de los espíritus 
más puros. 

Ha, vivido, siempre sin mácula, una larga existen- 
cia despreocupada, pasando diariamente, . inconmo- 
vible, junto á todo cuanto — ^cualquiera sea su atrac- 
tivo — en alguna forma interesa á alguien en la 
vida . 

Como si en él, dentro de esa caja de ocho huesos 
en que cada sér humano lleva el laboratorio del 
pensamiento, se hubiera hecho el vacío de una cam- 
pana neumática, va por donde le dirigen sus pasos, 
como conducido por el sueño de ' un sonámbulo, 
sin que los órganos de sus sentidos transmitan im- 
presiones generadoras de ideas y sentimientos. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


89 


Extraño á cuanto promueve todas las formas de 
la 'actividad social, nada tiene poder para alterar 
la indiferencia de su espíritu perennemente equi- 
distante de lo que atrae la atención de los otros, y 
llámese ello ciencias, letras, artes, especulaciones ó 
con cualquier otro nombre. 

Y del sastre al peluquero, de su carruaje al pal- 
co, y de la mesa al lecho, hace su vida de cada 
día, como un sujeto de otro mundo, caído en este 
planeta para no padecer otras necesidades que las 
de la exhibición, el sueño, y la dig'estión, que satis- 
face sólo porque no requiere las molestias que im- 
plica la virtud del esfuerzo. 

S'in embargo, eso que en él parece el obj'sto de 
la vida, y que en la forma que lo hace tiene las 
costosas facilidades del lujo, otros lo realizan como 
necesidad reparadora de energías noblemente gas- 
tadas, cuando se lo permite el empleo dignificante 
de su existencia. 

¡ iCóm'o recuerda esto el precepto redentor: bien- 
aventurados los pobres de espíritu, porque de ellos 
será el reino de los cielos! 



CIRCUNLOQUIOS. 


Nunca ha podido decir simplemente lo qne pien- 
sa, siente, le sucede, ó quiere: cualquiera fuese el 
asunto, cualquiera la circunstancia en que se halla- 
ra, él ha experimentado, siempre, al hablar, la ne- 
cesidad de mandar á paseo las ideas, los sentimien- 
tos, .ó los hechos, mientras prepara 'algunas frases 
para vestirlos con el lenguaje figurado que cree más 
elegante. 

Así confirma aquello de que cada hombre eae don- 
de halla su. abismo, y. presa .perpetua de retóricos 
devaneos, entre la perífrasis y la metáfora, se ve 
con frecuencia girando, como en un torbellino, en 
torno de lo que quiere decir, hasta que concluye 
por ir á parar lejos. 

Para él, la metáfora tiene la irresistible atracción 
del precipicio, y cada vez que va á usar de esa fa- 
cultad expresiva que distingue al hombre entre los 
demás seres y la dicen palabra: junto al principio 
de cada discurso se siente como en el borde de un 
pozo, y oye algo que le llama desde el fondo, padece 
un vértigo, y cae en la fra.se metafórica como en 
el vacío. 

No puede escapar á esa sedueeción ; ninguna otra 



SÁTIRAS É IRONÍAS 01 

figura retórica le hace suyo y le domina como esa 
^ue llena de giros inesperados su conversación, 
hasta desahogarle de algunos excedentes de su fan- 
tasía: es cuando deja de hablar; sólo entonces han 
terminado, siempre, sus discursos. 

La maledicencia del adversarisano intransigente, 
gue no perdona, y llega á veces, hasta donde se 
cumplen funciones elevadas, en la vida pública, con 
frecuencia atribuyera á diferente causa la extrava- 
gancia lingüista de Circunloquios, pero para el au- 
ditorio imparcial todavía eso es un misterio. 

¿ Timidez para la franqueza ? ¿ Acaso excesiva ne- 
cesidad de lisonjas, como llamara La Bruyere, á la 
vanidad? No se sabe; tal vez una, tal vez las dos, 
ó ninguna de esas causas. 

Pero, lo efectivo, lo notorio, lo que le está ha- 
ciendo gloria, es que — sea por algo de lo que cada 
uno de los que le oyen se figura, sea por lo que 
él mismo supone, ó se propone — desde el alto sitial 
donde con santa unción oficia de director espiritual 
de grey conspicua, rinde el más ferviente culto 
visto, á la sacratísima metáfora, mártir, según es 
fama, de múltiples profanaciones cotidianas, y ejem- 
plar patrona de pedantes sapiencias y’muy socorri- 
dos lustres intelectuales . 

Con razón alguien dijera que el grado mayor de 
la credulidad es la fe en sí mismo. 



SATISFECHO. 


El sabe que todo no es exagera/ción por enemis- 
tad; que todo no es error, en la opinión que con- 
sigue en el ambiente ; siente que saben cómo es, y 
que en realidad le falta mucho para ser todo lo 
que quiere que en él ,se acepte. 

Pero, este reconocimiento de la justicia que le 
hacen los que tienen razón, no impide que él perse- 
vere en la conducta á que debe su encumbramiento, 
y que siga recogiendo de ella todo el provecho posi- 
ble, pues bien probado tiene que los resultados de 
ella bien pagan la pena de los ligeros sinsabores 
que le .procuran, de cuando en cuando, las indisi- 
creciones que descubren la sinceridad de quienes, al 
través de todo lo que hace y dice como si vistiera 
un disfraz, lo ven por dentro. 

Y 'habla, habla tanto para continuar en escena, 
como para complacer una fe recóndita que, entre 
todo el escepticismo que siente por hombres é idea- 
les, le trae la alegría de un halago á su amor 
propio, porque él se supone orador y se cree elo- 
cuente . 

Por eso, cada vez que al pedir la palabra desde 
el asiento donde se siente, por toda una legislatura, 
seguro contra sus adversarios como en un fuerte 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


,93 


iuespugiiable, advierte en los circunstantes algo que 
es la preparación para un espectáculo ameno: se 
reconcentra en la intimidad de su espíritu, persua- 
dido siempre de la impotencia de todas las ironías 
que le dedique la intolerancia, y acomete la em- 
presa de desarrollar la elocuencia que se atribuye, 
con el convencimiento^ de que con ello, , triunfa de 

I 

los que le niegan, y sirve á su gloria. 

En esos momentos nada lo detiene y es su teme- 
ridad -insuperable : desde el énfasis de la dicción ; 
la ampulosidad en la fraseóla extravagancia en los 
vocablos; la exageración en el ademán, y las proli-*' 
jidades inauditas en la pronunciación, todo cuanto 
sabe que satisface las exigencias de lo que él concibe 
como supremas elegancias oratorias, aparece en su 
aspecto, en su voz y en sus gestos, dándole relieve 
extraordinario y característico en el conjunto de 
cuantos integran la corporación de que forma parte, 

Y cuando, concluida, después de demasiado tiem- 
po y múltiples interrupciones, su accidentada pe- 
roración sobre cualquier tema, recibe con gratitud 
los aplausos de sus colegas — ^pues la caridad es algo 
tan humano que ‘á veces -aparece hasta entre riva- 
les — y empiezan en torno suyo los comentarios 
discretos que no llegan hasta él más que en rumores 
ininteligibles; siempre abandona el recinto anima- 
do por la convicción de un doble triunfo, sobre los 
que le .saben el alma de memoria, y sobre las gene- 
raciones del porvenir que cree que ’le admirarán . 

Así es feliz. 



UN AUSTERO. 


Consejo de su trivialidad, ó .cálculo de sus con- 
veniencias, la verdad vulgar es que ahora es cos- 
,tumbre en él : cada vez que puede, en público ó en 
privado, grita “mi dignidad”, y cuando se refiere 
á “los principios”, se quita el sombrero como si 
saludase á una majestad. 

Jamáis hubo otro tan extraordinariamente respe- 
tuoso de su decencia ; nunca otro 'más desconfiado 
de la sinceridad de quien le hable; nadie como él 
para suponer índoles ocultas é intenciones inmora- 
les en cuantos le conversan. 

Y convertido en juez inexorable de la. conducta 
ajena ; parece que haya creído que basta adoptar 
severidadés, para ser mejor que el prójimo; se 
atribuye autoridad; cuando la educación le atiende 
supone que es la fe que le escucha ; y sin ver que 
le comprenden y le dejan ser lo .que se propone: 
se excede, no ve á nadie igual, para sn intolerancia 
no sólo aumentan los picaros, sino que ya no que- 
dan buenos, y en realidad va siendo algo así como 
una cruz para las gentes honestas, que, aunque sa- 
ben que nunca pudieran ofrecer motivo de incul- 
paciones, sienten que todos los actos de su conducta 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


95 


son vigilados por este .sujeto que parece la encar- 
nación de la sospecha, y empieza á cansar á la de- 
cencia. 

Pero, ¿se puede preguntar quién es, ó de dónde 
yino? Para que se le acepte por lo que él quiere, 
necesita como Lohengrin que no se le interrogue 
cuál es su origen, su condición, ni su ley; pero 
para averiguar si es lo que parece, sirve el testi- 
monio de los que le vieron en el escenario anterior 
á este en que se nos muestra tan extraño, y esa opi- 
nión le desagrada en la comedia de la vida pública 
|)orque informa de cómo desempeñaba un papel 
ingrato . 

Y dice del personaje ; hasta ayer, era el más solí- 
cito y obsecuente servidor de un desgobierno cuyo 
responsable se parecía al ciudadano más austero de 
una de las épocas de mayor degradación que regis- 
tra la historia, en que como aquél creía que había 
corrupciones necesarias al estado; para él tenía 
siempre en los labios la frase que hace sonreír, pro- 
picia las voluntades, é inclina á la protección y al 
favor ; 'poseía constantemente en los ojos la expre- 
sión que enternece ó pide, su mirada hablaba siem- 
pre claro, decía auxilio, é imploraba algo. 

¿ A costa de qué ? Nunca hizo cuestión de precio . 

Así fué antes, en la época pasada para no volver ; 
no estudió para eso, porque no había facultades 
donde se enseñara: si no se hubiera graduado de 
doctor en la ciencia de las sumisiones y en el arte 
de hacer lisonjas. 



UNO QUE VA A LA CALLE. 


Como éi dice, acaso todo lo que, desde algún tiem- 
po, ve en las cosas y en los hombres, no sea riguro- 
samente verdadero ; bien puede ser que en ello baya 
mucho de la ilusión característica de ciertos estados 
patológicos, pues, como es sabido, hay cosas en la 
vida que parecen mandadas hacer para aumentarle 
la temperatura á cualquiera; pero para él es lo 
mismo, porque abrumado por la intranquilidad que 
se le ha producido sin que sepa cómo, por qué, ni 
para qué, siente que ya no puede soportar más su 
estado moral, y comprende que necesita resolver 
algo al respecto aunque no puede decidir nada . 

Y explica : fueron sensaciones, ligerísimas al prin- 
cipio, intensificadas después, y coincidentes desde la 
puerta hasta el fondo del palacio del congreso, lo 
que, poco á poco, arraigara en su espíritu las con- 
vicciones que hoy le trastornan y .atormentan. 

Por eso sabe que allí todo le despide, y desde que 
pisa las escaleras siente que el mármol de cada es- 
calón se alza y le levanta el pie como negándola 
entrada, para que se vuelva por donde vino. 

Y cuando, sobreponiéndose heroicamente 'á toda 
la resistencia que en mil detalles — sólo perceptibles 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


97 


para él — advierte en el ambiente de los corredores 
por donde va, llega á la amplia sala de sesiones 
en la cual ocupa el asiento destinado á un legisla- 
dor: acrece la obsesión de que se ve presa, y todo 
adquiere expresión^ y muros, artesonados, muebits, 
desprenden para él, anuncio sin voz, aviso sin pa- 
labras, que anhelante atiende, y entiende que dicen : 
pasas, te vas, no volverás. 

Así mortificado, vive éste los días legislativos que 
le quedan á su vida representativa: caso de gene- 
ración política espontánea, rico en no soñados si- 
baríticos halagos hasta hoy, y destinado apenas á 
objeto de muy amargas nostalgias para mañana . 

Dicen que con frecuencia, al abandonar el “au- 
gusto recinto de las leyes”, se le oye expresar 
inadvertidamente, en voz alta, toda la convicción 
de su pesimismo irremediable, y hasta hay quien 
afirma que alguna vez le ha oído comparar su suerte 
á la del babilónico rey que viera caer también toda 
su grandeza, como al soplo de incontestable adver- 
sidad, al anuncio de aquellas tres palabras, mane, 
iecel, phares, rememoradas hasta nuestros días, al 
través de los siglos, en las horas finales de todas 
las prosperidades, y afirmar decididamente : 

Esto ha de ser divina justicia porque es el pre- 
sentimiento de lo que va á suceder: vine por ca- 
sualidad, conozco que me voy, no volveré. 



EL MAS FIEL. 


Nada excepcional lo obligó, cuando se iniciara 
en la vida política, á adoptar una conducta infe- 
rior á la de los que con él empezaban. 

Acaso haya vocadión para eso, como la hay para 
dedicarse al servicio del Señor. 

Pero, fuera cualquiera el origen que haya tenido, 
fué la verdad que desde que apareció á su manera 
en aquel mundo oficial, no pudo haber otro que se 
adelantara antes que él á ofrecer, con la más extre- 
ma solicitud, la mayor obsecuencia imaginable. 

Libre de ese efecto de la susceptibilidad que se 
llama pudor moral, nada tuvo nunca poder para 
detenerle los agasajos al que podía retribuírselos 
mejor, y vivía del cultivo de esa inferioridad psí- 
quica, como otros de la práctica de una virtud, 
y se llamaba á sí mismo “el más fiel’'. 

De esas fidelidades sucesivas á cada uno de los 
que ásoendían al poder supremo, obtuvo los innu- 
merables cargos administrativos en los cuales fué 
adnuiriendo ;Sti. significación política, y los bienes 
de fortuna que, eon el tiempo, d'iéranle todo el ascen- 
diente social de los que trepan pecuniariamente al 
mundo de la distinción á que son extrañas. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


99 


Sólo que, como tenía que suceder inevitablemen- 
te, llegó hasta allí, con las consecuencias de su ma- 
nera de inmiscuirse, y no fué más que lo que le era 
posible por los antecedentes de que no le sería dado 
desprenderse nunca, y halló el ambiente glacial, 
sintiendo que el cinismo no era impenetrable para 
algo más frío que la indiferencia, que era lo único 
que había esperado y no temía. 

Entonces no trepidó : consultando la moral de los 
tiempos, y midiendo cuánta era la eficacia del dinero 
en las horas de jugar su suerte, le tranquilizó su 
fortuna, y armado de su poder, se procuró el con- 
suelo de las satisfacciones que le perm'itía, y fué 
el dueño de costosos caballos de carrera, comprador 
infalible de las más caras localidades en los teatros, 
frecuentador de todo espectáculo á precios extra- 
ordinarios ; pero en todo lugar de concurrencia so- 
cial veíasele, en medio al lujo de su tren, no como 
los que disfrutaban, sino como la personificación 
de una venganza, y en medio á todos los que irra- 
diaban placer él parecía la efigie del rencor. 

Nunca tuvo otras penas. 



UN SIMBOLO. 


En política, como en alfarería, hay nombres de 
personas que evocan el recuerdo de aquello en que 
se les viera, y, á veces, parecen sinónimos de malas 
cosas . 

El de éste era así. 

Doquiera se le oía hacía pensar en lo que era y 
había sido quien lo llevaba, lo cual bastaba para pro- 
ducir la contraoc'ión de los músculos faciales, hacer 
sentir escozor en la pituitaria, resfriarse y estor- 
nudar, ' 

Su dueño no lo advertía, ó no se daba por ente- 
rado, lo que parece igual aunque no sea lo mismo, 
y cubierto por ese impermeable para cuanto pudiera 
ser hiriente por provenir de la ajena inteligencia 
de su condición, realizaba su vida con aspecto desi- 
preocupado que le dejaba satisfecho. 

Hay muchas reputaciones como esa, impotentes 
para alterar tanto lo que valga, como la conducta 
que adoptara, quien de ella fuere objeto por ha- 
berla bien ganado. 

Pero, éste, que, según parece, no es hombre de 
echarse á dormir sobre sus laureles, aspira á mere- 
cer más, y con ese propósito quiere progresar: por 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


101 


lo cual hay sobrado motivo para esperar que mul- 
tiplique los procedimientos inherentes á su conduc- 
ta, y se vean acrecidos correlativamente los efectos 
fisiológicos de cuantos impresiona con ellos . 

Por eso, si hasta hoy ha hecho lo que ha bastado 
para convertir su nombre en símbolo de mucho que 
en los otros ejerce acción morbosa, leve todavía, 
acaso no transcurra largo tiempo sin que los efectos 
del perfeccionamiento que busca, se hagan sentir en 
forma alarmante entre las gentes que experimentan 
la impresión nerviosa de lo que le caracteriza é ilus- 
tra el nombre. 

¡ El nombre !, que si ahora rememora algo que so- 
foca y escuece en las fosas nasales, hasta provocar 
el estornudo, acaso mañana adquiera sabor agrio 
y vómico, que traslade sus efectos al estómago de 
dos que le oigan, y trastorne en forma nueva su 
salud . 

Porque en eso de aumentar la condición peculiar 
de cada uno, todos saben dónde empiezan las incli- 
naciones, pero nadie hasta dónde le pueden llevar 
las aptitudes. 

Y los símbolos', como los objetos, están sometidos 
á la evolución, que alcanza á todo lo que existe. 



UN HABIL. 


Nada revela en su exterior las cualidades que le 
merecieran su fama de hombre hábil; pero si se 
oye la descripción de sus antecedentes, queda con- 
vencido de la razón de su nombradla, hasta el más 
escéptico. 

Su obra data de lejos; empezó abajo, y allá casi 
en su infancia, trayéndola siempre consigo hasta 
sentirse cansado de llevarla, aunque no resuelto á 
abandonarla. 

Se llama á sí mismo, “elemento electoral”, -cree 
en. la excelencia y en el porvenir de su “carrera 
política”, y tiene permanentemente un gesto de 
supremo desdén para las legislaciones moralizado- 
ras de las prácticas electorales. 

En todas las épocas, cada vez que alguien le ha 
anunciado, ó ha oído hablar, de propósitos guber- 
nativos tendientes á la obtención de la legalidad 
en el sufragio, él ha dejado oir la duda de su es- 
cepticismo, y junto á la sonrisa que anima con una 
'xpresión de travesura su rostro, brillan sus ojos 
con la luz de la inteligencia de algo misterioso, 
como con la visión clara y con la noción exacta de 
la conciencia de los hombres. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


103 


En esos momentos se le supone con la suprema 
sabiduría y con la experiencia mayor de la vida, 
porque convence de que él sabe más que todos la 
verdad, y está iniciado en los misterios de las mu- 
danzas del corazón humano . 

¿Es duda de la capacidad de los otros? ¿Es con- 
fianza en la permanencia de cuanto explica su sig- 
nificación en el ambiente? 

Ninguno lo averigua, pero también ninguno se 
siente con fundamento para dudar de su palabra 
cuando afirma que su época no ha pasado, que se 
precisa de él, que lo buscarán, y le seguirán ccu- 
pando, porque sus servicios eternamente serán in- 
dispensables . 

Sabe que su función es antipática á cuantos rin- 
den culto sincero al civismo, que él no es persona 
grata á todos aquéllos que anhelan la vida institu- 
cional, que nada tiene él que ver con la democra- 
cia; pero conoce la fuerza de las necesidades á que 
sirve; sabe para qué es útil; y vive confiado en que 
cualesquiera sean los propósitos directivos de cada 
nueva reforma, día llegará para él en que, como 
antes, volverá á ser llamado, y oirá cómo se le 
solicita el contingente de sus habilidades. 

Y entretanto disfruta de la holgada vida que le • 
permiten los ahorros que hizo por la sola virtud de 
sus aptitudes para la vida del comieio . 



INOITATÜS. 


Una vez que colocaban á un bruto herraduras 
para su comodidad, agradeció el servicio con una 
coz : no extrañó la acción en el autor ; pero se criticó 
la falta de precauciones en los que le hacían bien. 

Es evidente que á ciertos seres no se les puede 
favorecer sin precaverse centra el riesgo de alguna 
ingratitud : es su aptitud innata, no son responsa- 
bles de ella, y después de ejercitarla, naturalmente, 
se quedan tan tranquilos como antes, sobre dos de 
sus extremidades, si son bípedos, y sobre el doble, 
si son cuadrúpedos, como en el caso referido. 

Así pasó con éste: todo lo debió á la protección 
de un poderoso, al cual elevó al cielo y comparó 
con Dios mientras pudiera ser insuperable dispen- 
sador de beneficios, y de quién fué implacable ene- 
migo, así que le supo descendido del poder desde 
donde fuera el autor generoso de todo aquello- que 
lo había honrado. 

Porque él no tenía cualidades para llegar por 
ellas, hasta donde se le había visto, cada vez más 
alto, y tan notoria era su carencia de aptitudes, que 
al través de los honores consiguientes á todos los ele- 
vados cargos en que se le viera, más de una vez 



HÁTlItAH Ú IIIONÍAH 


105 


llogn 6 Oltmrsc hiiHtn, -su ntiior prupio, voino aire 
frío eokido por un rcisípiieio, la iiilaridad de la con- 
ekjiKUa píiblica, moliva-da en la d('S()r()porcióii dü 
Niw fuiieiotieH con hun inefeciinienloH, y en la única 
y pnaitiva razón de la. rápida carrera ascendente 
que constituía toda su vida [n'ibliea. 

De ahí, la comparación (le su importancia á la 
de COHIW4 y sortw (pie la. tuvieran tanta, y máa, de 
la misma manera, y por if^ual motivo: mediante el 
favor de un poderoso; y como consecuenfia natural 
de ellas el nombre del ejimiplo m.á.s exacto (pie ofre- 
ciera la historia: Incitatus. 

íneitntps; aipiel noble irracional tan amado por 
el más siniivitro de los eásares, (pie ('ii la noche de 
la víspera de las carri'ras (hd circo, le enviaba, sol- 
dados para que velaran .su sueno, guardando el 
silencio de todo el vecindario, y para el cual hi- 
ciera (^nnstruir cuadra de mfirmol, pesehre do mar- 
fil, nrnesí's de púrpura y collares de perlas; ponión- 
dole palacio con ('selavos y nuK'bles, y hasta inton- 
tando iiivestirh' con la diiínidad de cónsul. 

TTna sola difenHicia halló, sin einharffo. un eru- 
dito, entr(‘ los dos seres (’omparndos ni travós de 
los siirlcs; la irratitud, comprobada en el (‘jemplar 
de la ciudad ('terna. 



BIENVENIDO. 


Fué su nombre familiar desde antes de nacer, 
porque debía ser heredero de varias fortunas. 

Lánguido el aspecto, amarilla la piel, y rubio des- 
vanecido el cabello y el bigote, alguien ha dicho de 
él que es la personificación de la libra esterlina: 
moneda muy chata, pero que, como es sabido, vale 
más que otras por el oro que tiene y le da color. 

Poco favorecido por la naturaleza, en el alma 
como en el cuerpo, no nació para labor alguna ma- 
terial ni intelectual, pero al venir á este bajo mun- 
do, donde triunfa la suerte y no es preciso el mé- 
rito, halló fácil la vida, á la cual llegaba para ser 
parásito, y alcanzó su riqueza como la lombriz so- 
litaria su substancia nutritiva, allí donde se des- 
arrolla y vive: sin esfuerzo. 

Acaso <por eso sostenía, en su juventud, que no 
existe cosa más volátil que el dinero, y que no hay 
envase bastante hermético para guardarle: criterio 
modificado por la edad hasta hacerle coincidir en 
la opinión contraria, tradicionalmente compartida 
por todos sus antepasados, y probablemente trans- 
mitida en la sangre para hacerla aparecer, á su 
hora, en toda su descendencia. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


107 


Esto aparte, tiene la preocupación de la nombra- 
día, y por ella hizo y hace lo que puede, no preo- 
cupándose de merecerla, sino de conseguirla: así 
pasó por las aulas y salió de ellas con un título 
adquirido de doctor, y dondequiera que estuviere, 
á poco que se le hurgue el amor propio da por 
las paredes. 

Llevado por esa -debilidad moral, continuamente 
quiere significar otra cosa que lo que puede, y sin 
comprender, ó sin resignarse á las incompatibili- 
dades naturales de las aptitudes efectivas con las 
exigencias superiores, á todo se atreve, todo lo in- 
tenta y todo lo ensaya. 

Así donde ve hacer, hace, y donde oye hablar, 
habla; siempre, inevitablemente, apenas como pue- 
de ; pero, á la vez, sin dudar de que lo realiza como 
cualquiera que lo haga bien, y convencido de que 
es para su gloria,' cosa aplazada por la naturaleza 
hasta el día en que le fuera posible comprender 
por qué hoy no lo es. 

Y entretanto, sólo consigue conservar — porque, 
como el cuño de una moneda, no le abandona mien- 
tras circula — el valor de su oro, de su -oro de ester- 
lina, chata como su mentalidad y amarilla como sus 
cabellos. 

ViVe ó dura? : ni él lo sabe, pero sigue existiendo 
fácil y dichosamente, sin otra pesadumbre que la de 
no poder ser considerado más que en el mundo de 
los negocios, donde todo se vende y se compra, me- 



108 


JUAN ANTONIO ZÜJBILLAGA 


nos aquello que él precisa y busca, , sin lograr ha- 
llarlo porque no hay mercados en el mundo que lo 
tengan para ofrecer á los necesitados. 



EL INTERPRETE. 


Sabe que no necesita extremar las demostraciones 
de su adhesión á los oficialismos que se suceden; 
que nada lo obliga, cada vez que se presentan cir- 
cunstancias difíciles, á ser el iniciador de las acti- 
tudes defitnidas; que no , hay algo que le imponga 
el radicalismo que asume en todos les casos y con 
todos los pretextos; pero no lo puede evitar: está 
en sus costumbres, es la primera necesidad en, su 
conducta . 

Y ‘apenas advierte, con la .delicadeza de percep- 
ción que es su facultad distintiva, el más leve in- 
dicio de remoto interés por cualquier cosa, en cada 
uno de los que se suceden en el poder supremo del 
país, él se adelanta, temerariamente, á urgir, en la 
forma en que .se lo permiten los diferentes casos, 
la satisfacción del propósito oficial. 

Muchas veces, sus colegas, al verlo partir hacia 
les extremos de cualquiera cuestión, como hacia un 
abismo, ó contra un reducto etizado de bayonetas, 
aunque le conocen, y confían en la procedencia de 
sus entusiasmos, se han visto presa de una sensación 
de intranquilidad que parecía anunciarles un ries- 
go, y hasta han experimentado la consternación de 



lio 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


creerse sobre el vacío, al verse precisados á seguirle 
en casos absolutamente imposibles de prever, é ines- 
perados para todos. 

; Pero, en cada una de esas ocasiones, nunca ha 
dejado ver en su conducta, ni el menor síntoma que 
permitiera diagnosticar en él una indecisión, y fiel 
á su método, siempre, invariablemente, en la tribu- 
na, en la prensa, dónde ha podido hacerse escuchar, 
ó hacerse leer, igual ante uno que ante cien, ó ante 
mil : . ha sido posible verle explicando su conducta 
por razones superiores de dignidad, de patriotismo, 
de conveniencias públicas, hasta inspirar veneración 
por tanto altruismo, y hacer sentir la mayor lástima 
por sus sacrificios en holocausto á todo lo que es 
extraño á su interés personal, y para bien ajeno. 

Y siempre, invocando los principios, la equidad, 
la moral, el derecho, las leyes, la sociedad, la patria, 
todo cuanto sabe más venerable para la sinceridad 
de los sentimientos altruistas, y razón de la con- 
ducta de quienes fueren dignos: avanza interpre- 
tando infaliblemente los deseos y la voluntad pre- 
dominantes en cada nuevo ambiente gubernativo, y 
es su actitud norma segura de la conducta de cuan- 
tos necesitan ver bien interpretada la voluntad su- 
perior para servir á la patria en la obra política y 
administrativa de cada situación . 



UNO QUE FUE INTRANSIGENTE. 


Indudablemente uno de los espectáculos más in- 
teresantes que ofrece al observador el escenario po^ 
lítmo de las naciones, es el de las inconsecuencias 
finales de la idiosincrasia propia de cada uno de 
lois actores, con el papel que asumieran en la fun- 
ción de su vida pública . 

Y en esa hora en que descorrido como por la 
mano indiscreta y despiadada de la naturaleza, 
el telón de una nueva época, deja el proscenio lleno 
de revelaciones comprometedoras, aparece caído al 
pie de cada uno el velo del disimulo, ó de la adver- 
sidad que le caracterizara como ídolo, ó como objeto 
de execración. 

Por eso, al quedar descubierta la desnudez moral 
ó intelectual por cuya ocultación los interesados 
vivieran reputados con injusticia: asisten, infali- 
blemente, los espectadores, á la desaparición de mu- 
chos apóstoles, y pasan para siempre, como las som- 
bras de la ilusión de un sueño, las imágenes de los 
que se propiciaran el respeto personificando el al- 
truismo y la integridad del carácter, mostrándose 
obedientes á los dictados de la moral, y llamándose 
los más fieles intérpretes de la justicia, movidos 
siempre por el impulso inmaculado del patriotismo . 



112 


JUAN ANTONIO ZUBILLAaA 


En el espectáculo de la época, éste fué de esos: 
nacido con buena voz, gritó mucho desde lejos de 
los honores y los puestos lucrativos; acusaba todos 
los días; inculpaba por profesión; y, así, siguió vi- 
viendo para eso, hasta que una vez le pareció oir 
de la multitud un grito sin ironía que le llamaba 
austero, y en otra ocasión comprobó que le citaban 
como ejemplo. 

Entonces se consideró llegado al lugar de su pro- 
pósito, y desde el andén de su reputación tomó el 
^onvoy que llevaba á los más altos destinos. . . y 
[esta es la hora en que todavía viaja, libre de la 
tentación de descender antes de hacer todo el reco- 
rrido . 

Pero, el pueblo, el eterno espectador de las tra- 
viesas habilidades de algunos de los políticos que 
le dan la broma de su respeto, empieza á desco- 
nocerle, y hasta á perderle de vista, á ratos, acaso 
por la velocidad de su tren, pues aunque todavía 
recuerda el afán que ponía el hombre en mos- 
trarse intolerante é intransigente con los que no 
igualaban la dignidad que se atribuía: algunos de 
larga vista hacen ya la afirmación de que en el rá- 
pido en que viaja, ha abandonado el vagón de pri- 
mera en que saliera, conforme á su rango, y va mez- 
clado á los pasajeros de tercera sin sospechar que 
le observan. 

Por eso ha comenzado á preguntarse la muche- 
dumbre si irá á desaparecer para siempre el procer 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


113 


de la intolerancia y la intransigencia en la llanura. 

Y sólo á su conducta será 'dado responder, pues 
eso se sabrá á su regreso, porque éste, como todo el 
que sale de su órbita, tiene que regresar. 



EQUIS. 


En cualquier plauo' de la sociedad, en todo sitio,, 
á diferente hora, 'de día ó de noche, dónde se halle : 
es algo así como un acertijo permanente propuesto 
á los circunstantes; especie de interrogación para 
todos, ó incógnita que nadie consigue despejar. 

¿ Quién es ? ¿De dónde viene ? ¿ A dónde va ? ¡ Mis- 
terio!: “preguntadlo al caos”, como dijera Manuel 
Acliña después de hacerse esas preguntas, refirién- 
dose al sér humano. 

Sólo se sabe de él, que existe, se traslada, y hace 
su dicha de la rareza que ’en su aspecto llama la 
atención de cuantos se hallan por donde pasa : ape- 
nas por ese inocente placer llega á todas partes. 

¿Será bueno? ¿Será malo? ¿Es inteligente! 
¿Es mediocre? ¿Ignorante? ¿Ilustrado? Nadie 
conoce de él más que lo dicho: es el del as- 
pecto extraordinario, que pasea haciendo volver 
las cabezas para seguirle oon la mirada que al fin 
le abandona sin haber conseguido, ver algo que en- 
señe quién es el que le usa . . 

Todos los ambientes tienen ejemplares de este 
sujeto original, y lo curioso de este ente universal, 
que parece que viniera para hacer preguntarse mu- 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


115 


tna é inútilmente á las gentes ¿quién será?, es que 
á veces permanece impermeable para la curiosi- 
dad ajena durante toda la vida, pues, en reali- 
dad, nunca interesa á nadie averiguarlo. 

Al fin, un buen día nos detiene en nuestro ca- 
mino algún amigo, para decirnos, “¿sabes quién ha 
muerto ? : aquel sujeto extraño que tanto llamaba 
la atención en teatros y conciertos, en veladas cien- 
tíficas ó literarias, en playas, en todas partes.” 

— ¿Y cómo lo has sabido? 

— “Vi en un diario su retrato, y junto al grabado 
el anuncio de su muerte repentina, y una solicitud 
de informes al lector que le conociera, para saber 
quién era.” 

Así llega, pasa, y se va Equis: como un acertijo, 
como una interrogación, como una incógnita. 



MISTERIO. 


Pálido, demacrado, con los ojos siempre abiertos 
como por una reciente y gran sorpresa, bajo el ala 
de su sombrero negro : parece la encarnación de las 
precauciones . 

Trasciende de su aspecto la reserva de todas las 
^esconfiainzas de un conspirador que se supone 
sospechado; y dondequiera que se halle, mira con 
disimulo, atiende aparentando distracción, oye de 
espaldas, cuando camina no pisa; se desliza como 
una sombra. 

¿De dónde viene? ¿A dónde va? 

Ni él mismo lo sabe, aunque vive todas las horas 
del día perturbado por la convicción de que el azar 
que le conduce, como un mal genio, le tiene reser- 
vada su intervención en cuestiones graves y tras- 
cendentes. 

Y eso no estorbaría á nadie, si no ocurriera que 
él relaciona á otros con su estado, pues, como por 
costumbre, casi furtivamente, llega hasta donde 
sabe que hay alguien que le conoce, y tras la sensa- 
ción de alarma consiguiente á su presencia, entre 
los que allí se hallen, él llama aparte, misteriosa- 
mente, al que es su amigo, después de advertirle, 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


117 


si le ve poco propicio á su confidencia, que más le 
conviene oirle, pues es serio y grave lo que le 
va. á confiar, y con un murmullo acompañado de 
tétricos gestos, desliza en su oído algo que general- 
mente hace sonreír al que le escucha. 

A veces la impaciencia estalla en la víctima, que 
le despide desabridamente; y aunque, entonces, él, 
infaliblemente, afirma que se va como el humo para 
no volver, pasado algún tiempo su obsesión le hace 
repetir la zozobra en otro círculo, donde se ríe ó 
se repite la escena anterior. 

Así, feliz, cultiva su manía del misterio y de la 
novedad alarmante, mientras se figura que lo que 
hace es para asombro de la humanidad y trascen- 
dencia eterna. 



“LE PLUS OÜTRANOIER”. 


Es aptitud idiosincrática en él : cuentan que des- 
de pequeño vivía sus días conducido por la vio- 
lencia dé los impulsos, como hoy todo lo hace lleva- 
do por , el ímpetu. 

Como presa de un arrebato continuo, parece con 
el ánimo perpetuamente caldeado por el fuego de 
los mayores entusiasmos, y con los nervios siempre 
en tensión, todo lo que le es útil lo halla diligente, 
y cuanto inicia, acoge, ó desarrolla, lo extrema y 
hace radicalmente. 

Dotado de profundo sentido para discernir las 
actitudes convenientes, en todas las circunstancias 
que le ofrece cotidianamente la vida pública, él 
sabe que no está hecho el riesgo .de las equivoca- 
ciones perjudiciales para los que son claroviden- 
tes como él y tuvieran la experiencia suya. 

Por eso no vacila ante los .sucesos que cada día 
son nuevas dificultades y problemas para los demás, 
y sin mirar nunca para atrás, atiende solamente lo 
que es interés, ú objetivo de cada uno de los que, 
en el transcurso de los tiempos, se suceden en el 
poder supremo de su país, y siempre, infalible- 
mente, cuando todos adoptan una actitud prudente 



SATTOAS É IRONÍAS 


119 


por la timidez de sus dudas, él se conduce en forma 
radical, y lleva mucho más allá de lo que todos 
imaginaran, los propósitos del último oficialismo 
que integra. 

Nunca, en caso alguno, hubo entusiasmo y calor 
comparables al suyo en la defensa de todo, y cada 
vez que se le ve, ó se le oye, como poseído por un 
arrebato, sosteniendo lo que llama sus convicciones, 
es tal su aspecto, la energía de su voz, la vibración 
de su acento, la verbosidad, y la rapidez de sus 
gestos, que con frecuencia suele dejar á los auto- 
res de las ideas que defiende, ó promotores de lo 
que le interesa, sorprendidos de tanta solicitud, y 
hasta dudando de haber sido ellos los concepto- 
res de aquellos propósitos que ven fundados, des- 
arrollados y ampliados hasta obligar, á veces, á 
reducirles á lo que habían deseado. 

Por eso es útil, y de esa manera, ha sido perma- 
nente, para su dicha y su fortuna, durante muchas 
años, en la vida pública ganado lo tiene. 



TIPO-TAPE. 


Por supuesto que éste también proviene del am- 
biente oxigenado de un rincón agreste de campiñas 
vírgenes y exuberantes, en la rica .y feraz natu- 
raleza del país. 

De ahí su salud y su movimiento : extraordinarios 
exponentes de muy rara intensidad vital. 

Pequeño, adiposo, curvilíneo, recio de greñas, mi- 
rada intranquila y color te: por su físico hubiera 
pasado inadvertido entre algunos pueblos de la 
América inferior, á no ser por la rapidez sorpren- 
dente que desarrolla para trasladar su humanidad 
de u»a parte á otra, y que — ^valga su aserto — 'le 
lleva salvado en muchos peligros. 

Probablemente por ella, y sin que él mismo, casi, 
sepa explicar cómo, desde allá, junto al árbol don- 
jde tuvo su nido, vino un día á dar en una banca 
de hacedor de leyes. 

Lento para hablar, habituado á hacerlo entre son- 
risas, todo en él, aspecto y palabra, haría insospe- 
chable su agilidad, si no fuera la viveza de sus pe- 
queños ojos y la extrema nerviosidad con que eter- 
namente restriégase las manos: dos detalles con 
los que parece estar diciendo al que le ve, ¿ha- 
cia dónde voy á escapar? 

El no sabría decir si allá en sus años infantiles. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


121 


fué mandadero y después ayudante de faenas cam- 
peras, en una estancia, pero no obstante las ven- 
tajas por las cuales sabe que es significativo en 
política, siente la nostalgia del paisaje y de la 
existencia que conserva en la memoria con todas 
las predilecciones de sus más íntimos sentimientos, 
y que, á veces, en medio á los halagos de la vida 
pública, arrancan hondos suspiros á su pecho . 

Poco le atraen los libros, naturalmente, á los cua- 
les llama “papeleras de teorías”, pues sabe que el 
rol que él desempeña es eficaz, y que su función 
es práctica, y eso, que es lo principal ante su cri- 
terio, basta para norma de su conducta en cuan- 
to á lecturas y labores intelectuales. 

Pero ha leído á Buffon, pues cierta vez que al- 
■gui en. hiciera objeto de ironía á su exigua talla y 
á su nerviosa rapidez, él citó en favor de sus cua- 
lidades lo que el sabio 'naturalista opinaba del ra- 
tón — sujeto que también las reúne — ^y recordó con 
la complacencia del que triunfa, las palabras del 
maestro sobre el roedor: “cuanto más débil es, 
tanto mayor es el número de sus enemigos, á los 
cuales no puede sustraerse sino por su agilidad 
y su misma pequeñez”. 



TRAJEADO. 


Hay sujetos que convierten el día en año, y 
viven en veinticuatro horas las cuatro estacio- 
nes. 

Este es así, y lo es porque padece la necesidad 
-de que le distingan por el vestido : si pudiera 
exceptuarse de otra manera, lo haría; pero na- 
ció sin algo más que pelo y sombrero en la ca- 
beza, y con algo mejor en el bolsillo; por eso 
aunque no puede pensar y tener ideas, puede 
gastar y tiene ropa. 

5 Viste bienií 

Para eso es necesario gusto, cosa que se hace 
con discernimiento, y ya he dicho que él vino 
-desprovisto de cuanto pueda fosforecer en el ce- 
rebro: na<ía perturbará sus digestiones, libre es- 
tá de neurastenias, larga será su vida fisiológica. 

A veces, le acontece advertir algo así como 
una ironía en los elogios á su elegancia, padece 
la intranquilidad de la sospecha de que su as- 
pecto divierte, y se pregunta cómo no convence 
su mudanza de cuatro trajes al día. 

Pero, los mayores disgustos de su vida entre- 
gada al sastre, sus horas tristes, son obra de la 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


123 


distracción ajena, de los que en el salón, en el 
teatro, en el paseo, en todas partes á donde va 
“como cree que está admirable no sólo no le 
admiran todo lo que él adoptara para éso, sino 
que ni le advierten: gentes destinadas á la mor- 
tificación de las preocupaciones serias, merecen 
la vida desgraciada, y en vez de padecerla, co- 
mo correspondería, se la causan á él, hecho co- 
mo se precisa para ser feliz. . 

Es lo único que le ha producido pensamiento, 
y cada vez que le ocurriera eso, fugazmente, la 
fatiga de aquel ejercicio sin músculos, le dió 
sueño, y tuvo que retirarse á reposar del disgus- 
to y del esfuerzo, con la sensación de una ‘doble 
derrota. 

En cambio, muchas veces ha experimentado 
las más agradables sensaciones, pues con fre- 
cuencia, al ver reproducida en los cristales su si- 
lueta de diferente catadura á cada rato, sintien- 
do confortada la fe en su método, continúa cre- 
yendo en su rol significante, ríe y es feliz, como 
puede y lo merece. 

No ha falta'do quien le aconsejara los viajes, 
para salir del ambiente á que él tanto se adelan- 
ta, é ir lejos, á las sociedades viejas, dónde el 
refinamiento de las civilizaciones acumuladas de- 
ja comprender á los que se parecen á él: desde 
entonces le seduce un viaje á Europa, tierra don-^ 
de, le han dicho, florece el sentimiento estético 



124 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


en los espíritus como es menester para que se 
sientan bien hallados los incomprendidos por es- 
tas regiones. 

E, indudablemente, cualquier día, irá allá 
á hacerse vestir, para ser entendido como desea. 



UNO QUE HA CAMINADO. 


Es el suyo el triunfo de los pies. 

Dondequiera que ha ido, á cualquier parte 
que ha llegado, en todos los sitios elevados en 
que se le ha visto: sólo ha sido por sus pies. 

Desde la escuela se le conoció aquella apti- 
tud; unos estudiaban, otros tenían precoz inte- 
ligencia: él caminaba, y en la hora de prueba en 
que á todos correspondía enseñar los ejercicios 
obligatorias, dar una lección ó resolver un pro- 
blema, él circulaba entre los que rodeaban al maes- 
tro coa un libro ó un cuaderno, y aunque de- 
mostraba poco, se agitaba más que todos. 

Parece que, entonces, ya tenía la noción de 
sus aptitudes y el sentido de la utilidad, pues 
tras pocos años de moverse entre los bancos es- 
colares, y sus condiscípulos, una mañana pensó 
que él no era muy propenso á porfiar á la lectu- 
ra la comprensión de lo que encerraban los li- 
bros, y una tarde salió para siempre de la escue- 
la, entre los que salían para volver al día si- 
guiente. 

Y — vocación suya, ó designios providenciales 
— un año después había entregado toda su ju- 



126 


JUAN ANTONIO 2UBILLAGA 


ventud y todas sus energías, á las actividades 
políticas que con la edad y sus pies, tan lejos y 
alto le habían de llevar. 

Primero, las funciones de un club en un ba- 
rrio suburbano, ofreciéronle oportunidad de re- 
velar sus dotes para acortar distancias: fué un 
agente económico y veloz para pasar la palabra 
de orden en los días de reunión, y para el trans- 
porte de balotas en las jornadas comiciales. 

Eso era mérito destinado á las primeras re- 
compensas, y desde una inspección de largo re- 
corrido que se le acordara por sus aptitudes, tan 
demostradas como reconocidas, entró al ejercicio 
de los cargos públicos como á una avenida sobre 
una pendiente: decidido á caminar ligero, que 
era todo lo que antes había podido y le valiera 
el primer beneficio. ’ 

Y así fué : sólo por la rapidez de su gestión 
para propiciarse las influencias, se ha trasladado 
con agilidad excepcional en los cargos oficiales, 
y en las dignidades de los partidos políticos, 
aunque siempre, infaliblemente, apenas casi, pa- 
ra no ejercer otra acción que la de mera pre- 
sencia. 

Así, caminando, llegó también hasta donde es- 
tá -y se le Ve en muy elevadas funciones públi- 
cas: acaso sea por eso que, según dicen testigos, 
en la banca que le contiene con todo lo que re- 
presenta, sin cesar deja su mano una caricia so- 



sítieas é ironías 


127 


bre los pies que alternativamente coloca sobre 
una de las rodillas, en tanto los contempla enter- 
necido, con una mirada expresiva de profundas 
j antiguas gratitudes. 



EL Y SU OBRA. 


Ese sueño de la distinción intelectual del hi- 
jo, que tanto halaga á casi todas las madres, j 
que se concreta . en el anhelo de un título facul- 
tativo, fué la causa original del convencimiento 
que éste tenía de que debía ser hombre de letras. 

Y oyendo, casi desde que pudo entender y 
atender, el anuncio y el elogio del destino- que 
le esperaba, siguió el consejo de los que le afir- 
maban que era de la lectura de donde podría sa- 
car todo lo que debía ser, y se entregó á la explo- 
ración del papel impreso, hasta gastar sus ojos 
en el hallazgo y la extraeción de la personalidad 
que en él iluminaría el nombre, el país y la épo- 
ca, con la luz de su fósforo. 

¿Por dónde le había llevado esa lectura! 
¿Dónde se había extraviado esa ingenuidad fal- 
ta de guía, al internarse como en un bosque des- 
conocido, en el misterio del libro? 

Conducido por el azar tuvo buenos y malos 
encuentros, y al cabo de algunos años, aunque 
nadie hubiera podido decir si había llegado á 
ser mejor ó peor que antes, él sabía que era otro, 
que en él había alguien, y creía en 'ese como en 
el ente superior de la especie. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


129 


, No hay necesidad de asegurar que temprano 
se supuso capaz de crear, para decir que á los 
treinta años afirmaba que había escrito varios 
ensayos y concluido una obra maestra. 

y como en el sereno ambiente en que creció 
esa planta, cualquier nombre emitido por una 
voz enérgica, cruza sin interrupción y va direc- 
tamente al eco, que le repite multiplicado mu- 
chas veces: sucedió que cuando él gritó, como 
si tuviera razón, que era autor de una obra maes- 
tra, los vecinos empezaron á decir que sí, como 
si la hubieran conocido. 

Entonces él, empezó á vivir todo -el halago de 
aquella fe en su mérito, como hubiera vivido la 
gloria de un triunfo efectivo, y lanzado á la ca- 
lle y al comentario, con el sombrero extraño, y 
las solapas del levitón amplias, como alas para 
remontar el vuelo á las mayores alturas, se com- 
placía en ver, por donde pasaba, gestos admi- 
rativos y ademanes que le señalaban; y oir vo- 
ces que le nombraban, y le decían: ¡autor! 

Pero, el destino, que probablemente existe pa- 
ra algunos, tal como lo quiere el fatalismo para 
todos, le tenía medido esas satisfacciones, y eran 
contados los días de ellas, pues para mal de sus 
pecados, todas aquellas manifestaciones admira- 
tivas, condensadas gradualmente por el tiempo, 
concluyeron por hacer imprescindible la impre- 
sión de la obra, y un día fué editada. 

9 



130 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


Fué la fecha de la reproducción del infortunio 
de ícaro, en la cual asistió aquel mundo de las 
letras á la caída de una gran ave de vanidad. 

Y hubo allí un ilustre menos, y un buen hom- 
bre más. 



UN PURITANO. 


Como una tentación, le alcanza todos los días 
la noticia de alguna prosperidad en los que son 
sus adversarios; pero, resiste á las seducciones 
de la transigencia, por bien parecer, y aunque le 
duela la adopción de esa apariencia de integri- 
dad moral, como el uso de un lujo muy costoso, 
á quien no posee riqueza -suficiente para llevarlo 
sin molestia. 

Y cuando piensa cómo fue que le ocurrió la 
decisión de independizarse de los que le habían 
formado cómo era, no le alcanza la conciencia 
para arrepentirse bastante de aquella mala ins- 
piración. 

No recuerda quién fué ; pero, ahora sospecha 
que haya sido un enemigo quien le diera aquel 
consejo, haciéndole entender que era hábil apar- 
tarse de sus compañeros en un momento difícil, 
atribuyéndose intransigencia en .materia de prin- 
cipios, y comprometiéndose ante la opinión á 
perseverar en aquel puritanismo exaltado, como 
quien realiza un acto natural á la idiosincrasia 
propia, y lo que era más, y más difícil, con la 
apariencia del mayor agrado. 



132 


JUAN ANTONIO ZÜBILLAGA 


‘ ‘ ¡ Quién sabe hasta dónde te vas á elevar, en 
.el concepto público, y en tu carrera política, si 
te exceptúas en esta oportunidad que se te ofre- 
ce, como á un elegido por la Providencia para 
los más grandes destinos!”, habían sido las pa- 
labras generosas del otro, que, aunque no podía 
hallarle en su memoria, ahora lo suponía reptil. 

Pero aquella premisa no había tenido la con- 
secuencia prometida, y desde el mal momento de 
la proclamación de su principismo inflexible, los 
hechos se habían sucedido en forma contraria á 
lo que le era conveniente; y de allí á poco em- 
pezaba á sentirse comprometido en el riesgo de 
permanecer aislado en la dignidad de su situa- 
ción, como el que sitiado en una fortaleza teme 
concluir por rendirse á la fuerza de las necesi- 
dades. 

Y ahora, - ya le pesa la carga de su aparente 
superioridad moral, como un postizo adoptado 
de buen grado, pero hecho insoportable con el 
uso: por eso, con frecuencia, se da á muy serias 
reflexiones sobre su actitud y acerca de la posi- 
bilidad de una evolución que le vuelva á la com- 
pañía de cuyas responsabilidades se apartó en 
una hora sin suerte, que le malo^ó las ventajas 
que las acompañaba. 

Pero, no se atreve, pues para colmo de su in- 
fortunio, tiene aprendido que, cuando se adquie- 
re la responsabilidad de la buena conducta, se 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


13S 


paga á buen precio el respeto público que es su 
gloria; y queda como los que le merecen sin su 
mortificación por ello. 



ENTERADO. 


Bien lo recuerda: llegó como una mercadería^ 
consignado á un comerciante, desde cuyos alma- 
cenes, en los cuales se empujaban bultos en to- 
das direcciones, rodó largos tiempos, hasta de- 
tenerse una vez, para siempre, en la 'áurea cum- 
bre donde está. 

Pero, antes de esa paz y esa quietud, ¡cuántos 
tropezones y tumbos !., ¡ cuántas veces maltrata- 
do por los prejuicios!, ¡cuántas disgustantes opi- 
niones oídas! 

¿Por qué será, como él dice, que tantas per- 
sonas, por la rusticidad del envase atribuyen or- 
dinariez al contenido? ¡Y cuánta gente que no 
calla lo que piensa sin necesidad ni beneficio ! 

¡Cómo sabe él que si la discreción fuera vul-' 
gar, habría mucha más felicidad en la vida de 
algunos hombres ! 

Por eso llama absurdo de vanidad al clásico 
“conócete á ti mismo”: “¿para qué, agrega, si 
ignorarse puede ser casi toda la dicha de una 
vida ? ’ ’ 

“Yo no sabía quién era, continúa, no me in- 
quietaba conocerlo, y no tenía con qué averi- 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


135 


guarió; pero, vivía satisfecho de mí, y con la 
complacencia de que invariablemente advertía 
la mayor perfección en todos mis actos.” 

“¿Precisaba algo más?; ¿tiene otra necesidad 
la dicha de cada uno? No habría quien lo demos- 
trara, y sin embargo en cierto tiempo empecé á 
percibir que tanto yo como mis acciones éramos 
objeto de la consideración ajena, que se juzgaba 
mi persona y mi conducta, y la necedad que 
hay en el fondo de cada alma humana, me des- 
pertó la curiosidad de ese misterio, y atendí el 
juicio extraño hasta averiguar toda su since- 
ridad.” 

“Es desde entonces, que sé que el infortunio 
de cada uno viene de afuera, porque lo hacen 
otros que el que lo padece: estamos en un mun- 
do de aritméticos, donde á nadie dejan descono- 
cerse, porque sin que le pida le dicen á cualquiera 
cuánto es todo lo que suma.” 

“Por eso sé quién soy, y sé que eso es el peor 
conocimiento que se puede adquirir.” 

Y tal como lo afirma lo confirma, pues, desde 
que empezó á conocer lo que significaba para el 
concepto ajeno, y á preocuparse de lo que de él 
se pensaba, padeció la sugestión del -ambiente, y 
no le alcanzaron los oídos para oir en todas las 
frases alusiones, en todas las palabras ironías y 
en todas las sonrisas sornas; y desde esa mala 
vez, fué para él, en cualquier sitio y á cualquier 



136 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


hora, todo lo circunstante, cosas y personas, al- 
go así como una inmensa agencia de datos á su 
respecto, dónde todo parece decirle: pregunte y 
se le informará. 

Por lo cual desde que supo completamente, có- 
mo se le comprendía, entendió que era inferior 
y se siente infortunado. 



EL COLABORADOR 


Es el eterno visitante generoso de todas las re- 
dacciones; no precisa del estímulo de la remune- 
ración para producir, porque él siente algo en la 
cabeza que necesita salir, como dice, y lo lleva 
errante de diario en diario, con la oferta cotidiana 
de sus carillas nítidas, llenas con una letra clara, 
cuidadosamente alineada, y respetuosa del margen 
como de una buena costumbre. 

“Buenas noches, aquí traigo algo, por si falta 
original: no me opondría á que lo corrigieran, 
porque lo he escrito al descuido, y sólo vale por 
las ideas que, eso sí, me parecen trascendentales.” 

“ Si no hay espacio en la página principal, don- 
de, modestia aparte, á pesar de ser improvisado, 
el trabajo merece ir, también admitiría que apare- 
ciera en otra, pues he puesto mucho de mí en 
eso, y creo que va á llamar la atención del lector 
dondequiera que esté”. 

Como se comprende, después de ese introito no 
es posible dejar de preguntarle de qué trata 
su lucubración, y es necesario oiide la lectura de 
ella, lo que infaliblemente realiza sintiéndose presa 
de extraordinaria agitación nerviosa y con la voz 
de las más profundas emociones. 



138 


JUAN ANTONIO ZUBILLAQA 


Y como á medida que avanza la lectura, va 
surtiendo su efecto lo de la trascendencia anun- 
ciada en las ideas, gradualmente siéntese cundir 
el asombro entre los circunstantes, y á medida que 
aumenta se le ve exteriorizarse en los rostros, al- 
gunos de los cuales se congestionan por la conti- 
nencia de las impresiones, en tanto; que en otros 
ríe la indiscreción. 

Entonces, cuando concluida la lectura, el autor 
pasea la mirada interrogativa en torno de su si- 
lencioso auditorio, se experimenta la angustia de 
una incomodidad creciente, pues parece que ha so- 
nado la hora de expresar la opinión, y siéntese que 
el ambiente se hace irrespirable . . . hasta que in- 
terviene, oportuna como nunca, y bienhechora como 
una providencia, la autoridad del secretario de la 
redacción, lamentando que la falta de espacio im- 
pida publicar aquello en ese número, pues indu- 
dablemente es una obra extraordinaria, y anun- 
cia su publicación para el siguiente día. 

Y al siguiente día, por una de esas infortunadas 
casualidades que no es dado evitar á los más bue- 
nos deseos, se pierde, infaliblemente, e! original. 



UN RESISTENTE. 


No aspira á la gloria, ideal de vanos, para su 
irreductible criterio, que como una crónica afec- 
ción cerebral, le inclina á la simpatía y la justi- 
ficación de lo que procura utilidades tangibles; 
pero no desprecia en la vida, más que á los que 
llama inferiores porque no ambicionan sus éxi- 
tos. 

Cuentan que se quedó sin escrúpulos, una vez 
que leyó en alguna parte, que la sociedad con- 
temporánea había perdido la conciencia, y des- 
de entonces decidió ser comerciante con Ids que 
no advierten eso, y se dedicó á la política. 

De cosas menos útiles se hace, muchas veces, 
una costumbre, y él se habituó á vivir aliviado 
de inquietudes, y quiso que se le aceptara eso co- 
mo adaptación al medio ambiente ; no lo ha lo- 
grado todavía, pero prosperó, se quedó satisfe- 
y persevera. 

Ahora, después de haber servido para un régi- 
men, hasta merecer todas las recompensas que 
recibieran sus aptitudes, comprende que el país 
llega, en su evolución, á una época en que puede 
hacerse difícil la supervivencia política de él y 



140 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


de cuantos se le parecen; entiende que acaso le 
sea útil procurar la conservación de aquello que 
le dejara primar á él y otros que son tanto; se 
llama conservador, y figura entre los que resis- 
ten á la reacción por la efectividad institucio- 
nal que se desea realizar para satisfacción del 
anhelo público. 

Pero: ¿este sujeto está en contra ó á favor de 
la oposición nacional á su régimen? La ver- 
dad es que le tiene invencible aversión, 
pues la teme porque no confía en su derecho pa- 
ra conservarse donde está; pero, ha tenido sus 
“muy bien”, y sus aplausos en la forma más 
sonora, para cada uno de los sostenedores de las 
dos, opuestas tendencias. 

El es así: fiel á su* programa, aleccionado por 
la- experiencia grata del la conducta adoptadai, 
se le ha desarrollado tanto esa capacidad que 
se nombra “sentido prfáctico” y es caractería- 
tica de los que todo lo hacen por el éxito, que 
como aun no ha logrado ver claro en esta hora 
difícil, procura dejar, en todos, la suposición 
de que cuentan, con él, para decidirse en último 
momento por los que triunfen. 



UNA EMINENCIA. 


Alguien ha contado que en cierto país lejano, 
existía la costumbre de que cuando alguno in- 
curría en cualquier acto punible, para castigar- 
le en su reputación se hacía pronunciar su elo- 
gio por el peor conceptuado en la comunidad. 

Este debió nacer allá, porque habiéndose pro- 
puesto engrandecer por el elogio, iba siempre, sin 
que se lo decretaran, á pedirlo á los únicos que 
se lo podían tributar, y que hubieran sido segu- 
ramente elegidos para aplicar la mencionada pe- 

I 

na, donde existía la tal costumbre. 

Mucho ha trabajado en hacer escribir los mé- 
ritos que más satisficieran á la concepción de la 
personalidad que deseaba hacerse atribuir, por los 
que por valer menos le veían al través de su his- 
toria, por él narrada ; muchas veces ha explicado, 
á esos, que todo ha hecho admirable, lo ha visto 
creído entonces, y propagado después en tanto 
prosperaban su satisfacción y su fama. 

Así, un día despertó reputado, y ante la consi- 
deración de todos, también padeció el engaño en 
que antes hiciera incurrir á los otros, y les acom- 
pañó la opinión y creyó en él. 



142 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


Entonces empezó la vida de su significación, se 
sintió fuerza, volvióse poder, y fué obedecido y 
admirado : fortuna, honores, distinción, todo lo 
que place en la vida, conoció; sólo que cuando 
vióse allá en la cumbre del éxito, perdió lo único 
-que en él valiera, la bondad, y padeció el olvido 
del origen de todo aquello. 

Púdosele oir en adelante compadecer frecuen- 
temente á los que le habían hecho lo que se le 
suponía, y que no salieran del plano de la socie- 
dad en el que vinieron á la vida como condena- 
dos á su ambiente. 

Entretanto hace su jornada como los que va- 
len, hasta que un día pase sobre él, como sobre to- 
dos, el soplo de la muerte, que no distingue gran- 
dezas, y le deje ai margen del camino para la es- 
tatua que siempre espera á las celebridades. 

Y en esa última hora, escribirán artículos, y pro- 
nunciarán discursos, personalidades del mundo 
oficial é intelectual, y concluirá en ‘respeto y ve- 
neración lo que empezara en forma que allá, en 
la tierra lejana que fuera patria de la extraña ma* 
ñera de penar delitos, sería castigo. 



MUSEO DE MARAVILLAS 


(1) Escrito en 1912 para un número extraordinario de cEl Telégrafo 
Marítimo», el más antiguo de los órganos de la prensa del Plata. 




MUSEO DE MARAVILLAS. 


Érase un país pequeño, con suelo erial y pocos 
habitantes, reñidos como la letra y la música de 
su himno, que por esa curiosa condición parecía — 
mejor que la bandera — compuesto para ser el más 
genuino símbolo de aquella nacionalidad. 

Buenas gentes, decididas siempre á decir, con 
cualquier pretexto, que tenían orgullo porque les 
habían hecho nacer en aquel paraje, le llamaban 
rico, aunque hasta entonces hubiera sido inútil bus- 
car allí alguna fuente natural de riqueza suficiente 
para atribuir á ella el motivo de la afirmación, y 
.sólo pudiera ofrecer trabajo, á veces, y casi lo que 
por él consigue quien lo realiza en cualquier parte . 

También le proclamaban el más civilizado de 
su continente porque hacían funcionar mil escuelas 
elementales, y una imitación de universidades eu- 
ropeas, así como porque poseía, en algunos edifi- 
cios inadecuados y de mal gusto arquitectónico, 
varias asociaciones sin consecuencia, que decidida- 
mente llamaban de ciencias, letras y artes. . . como 
decían, con sinceridad, que por su estado social cons- 
tituían una democracia y por su gobierno una re- 
pública. 


10 



146 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


Allí, en 'el último decenio, se padeció un flagelo, 
y en esa época, extraño coleccionista, á quien unos 
decían iluso y otros llamaban sabio, formó un mu- 
seo extraordinario, en una apartada gruta, sobre 
cuya puerta puso “Palacio de 'la Verdad”. 

Aunque abierto para la curiosidad de todos, aquel 
diseretorio es inaccesible para el vulgo, porque sólo 
son aptos para trasponer sus umbrales los que tie- 
nen corazón para penetrar en su ambiente, y buena 
vista para discernir en su penumbra. 

Ayer visité aquel templo de culto tan amargo en 
estos días, y al recorrer sus galerías y ver en los 
cuadros que cubrían los muros, en las vitrinas y 
estanterías, llenas de estatuas, cofres, y otros ob- 
jetas rotulados, que todo estaba interpretado por 
una inteligencia honrada y libre^ — según se apren- 
día en las leyendas que acompañaban á cada pieza 
— ‘Comprendí el sentido oculto de muchas cosas que 
parecen otras fuera de allí. 

Por eso aparecen estas notas escritas al azar, al 
dictado de las impresiones sucesivas ; pero que, tales 
como son, conservan algo de lo que conocí; y digo 
algo, porque no es posible retener cuanto enseña 
la inagotable exposición de la verdad. 

Vaga en el antro, como un dios tutelar de la obra 
de justicia allí contenida, el espíritu custodio del 
conservador, personificado en un anciano que apa- 
rece cuando el viajero evoca la suma ciencia de la 
edad que enseña á ver más allá .de los aspectos y 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


147 


lee al través de las expresiones: su genio guía y 
explica á la ignorancia que á cada paso le inte- 
rroga. 


* 

* * 

Al trasponer la portezuela que daba acceso al 
interior del local, era lo que primero atraía la aten>- 
^ión una columna no más alta que la estatura bu- 
fnana, pero sólida y fuerte como para sostener un 
mundo, y sobre la cual estaba adherido un cofre 
, metálico tan seguro como si hubiera sido hecho para 
guardar un tesoro. 

Pregunté qué contenía, y mi acompañante res- 
pondió: “algo que era objeto de los antiguos cultos 
de las generaciones creyentes ; en estos días, apenas 
un poco de papel impreso que sólo vale para el 
patriotismo y la honradez, y ante el cual sonríen 
todos los personajes de la corrupción, como ante 
•uno de aquellos mitos del paganismo que fueron 
•sagradas para el candor de los primitivos tiempos 
de fe; su título, que ya casi no quiere decir nada, 
dice todavía: “Constitución”. 

■* 

♦ * 

Cerca de allí, hallábase una urna, en rico y her- 
moso pedestal que demostraba la gran estima del 
coleccionista por lo que ella guardaba . 

“Fué algo muy respetable, respetado mientra* 



148 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


no cayó en manos de quienes no tenían conciencia 
de lo que lo hacía inviolable para la virtud” — me 
dijo el autorizado guía interrogado, y abriendo la 
.urna me enseñó su contenido'. 

E'ran cenizas, y su nombre estaba grabado en la 
.plancha de metal que las cubría como la lápida de 
una 'tumba : ‘ ■ Instituciones” . 

* 

♦ * 

Sobre una rica 'mesa de preciosas maderas, pero 
muy sucia por las libaciones de los que en torno 
suyo se sentaran, tantas veces, para sacrificar algo 
sagrado; co(mo si ella fuera el resto de un altar 
profanado en larga orgía, divisamos una osamenta 
prolijamente armada en un aparato de hierro. 

Nos acercamos para leer su cartel, y allí decía: 
“ Esqueleto de una quimera muy venerada por los 
fieles de una antigua iglesia : ‘ ‘ Sufragio Libre ’ ’ . 

* 

* * 

Junto á un árbol robusto, pero caído y despe- 
dazado, se leía: “Un gran partido”, y á continua- 
ción: “Roído por la polilla de los gobiernos inde- 
centes, concluyó una vez por caer niuy bajo, y des- 
de entonces, cualquier atrevido', cepillando sus ra- 
mas podridas, ha hedho muñecos á su imagen y se- 
mejanza, y encendido las virutas sobrantes, de 
tiempo en tiempo, .para seguir medrando al calor 
de su fuego”. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


149 


* 

* ♦ 

En im estante, dentro de una caja de cristal, 
como un feto en alcohol dentro de un frasco, veíase 
jUna figura bien vestida, pero con cara de badu- 
laque. Tenía leyenda titulada, y leimos : 

“De Cualquiera”. 

‘ ‘ Ejemplar curioso de ese tipo inconfundible que 
es el incondicional de todos los gobiernos. A veces 
posee riquezas, y entonces diríase que se ultraja 
cediendo á su aptitud predominante. Saluda como 
amigo á todos los partidarios de una situación, 
^aunque no los conozca, y se distrae al pasar, hasta 
junto á los de su familia, si son opositores”. 

“No se destape porque despide mal olor, y des- 
compone”. 


+ 

* * 

En uno de esos grandes y pesados armarios de 
metal, que la industria fabrica dotados de la ma- 
yor solidez, para guardar caudales, y la especula- 
ción comercial anuncia y vende como “seguros 
contra incendios y ladrones”, había un rótulo con 
gruesos caracteres: “Caja del Tesoro Nacional”, 
y debajo, un pergamino con la siguiente nota en 
letra clara: 

“No la pudieron violentar más que los que lle- 
garon al poder con el apodo de pelagatos, por su 



150 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


pobreza notoria, administraron el erario haciéndose 
atribuir honradez, y cuando dejaron el mando de 
la cosa pública, poseían palacios, campos, haciendas 
y valores negociables de todas las clases existentes, 
y adquirían más y se entregaban á la vida fastuosa 
de los viajes de placer que la opulencia que alcan- 
zaron les permitía”. 

* 

* * 

Como, de pronto, advirtiera, casi oculta en un 
disimulado cauce, una silenciosa corriente de agua 
turbia que iba á concluir entre arena que la absor- 
bía como una esponja, pedí á mi sabio guía la ex- 
plicación de aquello, y accedió sonriendo, acaso por 
,su amabilidad habitual, acaso por la candidez de la 
pregunta : 

“Curiosa reproducción, dijo, efectuada por un 
aficionado paisajista, de cierto lugar que visitan dis- 
frazados de políticos algunos comerciantes: es la 
playa adonde llega eternamente la ola de los nego- 
cios clandestinos.” 


>|c 

* * 

Sobre un cuadro, continente de innumerables pa- 
labras inscriptas en pergamino, leíase: “Vocablos 
Utilizados por la Delincuencia Política”. 

Podíase distinguir con claridad, patria, institu- 
ciones, verdad, justicia, decencia, leyes, derechos. 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


151 


partidos, principios, moral, pero como continuaban, 
difícilmente inteligibles, en varias columnas, pre- 
.gunté qué eran los demás nombres. 

“Igual que los más claros, se ine dijo: palabras 
prestigiosas frecuentemente invocadas para encu- 
brir infamia^; símbolos respetados por la honesti- 
dad, pero -constantemente á merced de cualquier 
apto para traficar con lo que es sagrado”. 

* 

* * 

Yacía sobre un pilar de piedra, una antorcha que 
aún conservaba las cenizas del último fuego que 
alimentara, y por ser ella uno de los objetos re- 
cientemente conseguidos — y por eso sin el acompa- 
ñamiento de su interpretación — solicité que me ins- 
truyera el guía, que dijo: 

“Esta fué en el país, la tea de las pasiones po- 
líticas, que cierta vez cayó en manos de uno que 
simulando candor decía, mientras la sacudía con 
.todas sus fuerzas, que la agitaba para apagarla, sa- 
biendo que era así como ardería más”. 

Rato hacía que fuera tornándose angustiosa la 
visita, y colmada la impresión por las últimas vi- 
siones, resolví dejar aquel museo de una época cuyo 
calificativo parecióme oir cuando, al trasponer la 
puerta, pedí todavía el nombre de un hierbajo es- 



152 


.1UAN ANTONIO ZUBILLAGA 


pinoso y mal oliente que sobre ella surgía como la 
mancha de todo aquello para la historia. 

“Es un veneno, se me 'dijo, pero es lo que más 
prospera, y se llama “subversión”. 



EN EL PAÍS DE AQUELLOS «> 


(1) Publicado por el autor en «La Bazón» cuando fiié director j redactor 
de ese diario, el año 1906. 




EN EL PAIS DE AQUELLOS. 


I 

LA VEZ DE LAS ELECCIONES UjIBRES 

Tras una serena noche de verano, de esas que 
suelen preceder á los días más bochornosos, allá en 
las despobladas tierras de una árida playuela del 
Atlántico, seiniescondida en el último recoveco del 
mundo, iba á lucir el día señalado á sus habitantes 
por los vencedores en la última guerra entre ellos, 
hasta entonces, para ser el primero de su ejercicio 
libre del sufragio que siempre acordaban las leyes 
y nunca permitía el que mandaba. 

Y amaneció aquel día de aquel mes y de aquel 
año. 

Día de luz fuerte, con pocas nubes y mucho vien- 
to: varios patriotas de allá vieron en eso el con- 
curso de la naturaleza para que’ el pabellón, á dos 
tintas, que les dieron, permaneciera orgullosamente 
desplegado para, ejemplo del mundo durante el acto 
simbólico de la formidable soberanía de gentes que, 
ventiladas por el pampero y remediadas con el mate, 
viven mal y mueren pronto, dejando, siempre en 
los que quedan, pocos, pobres y muy reñidos . 



156 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


Y aunque para aquella fecha, otros sujetos, algu- 
nos preocupados con melena y aspecto de avidez, 
Rabian anunciado á la ingenuidad sorprendida del 
espíritu aldeano de los regionales, desórdenes atmos- 
,féricos y trastornos seísmicos : como aquel día era 
de verano, y los políticos — que .allí saben más que 
los sabios — le habían destinado ’á elecciones. . . no 
hubo más que elecciones y bochorno. 

• 

♦ ♦ 

Parece que en la suficiente patria de todos aque- 
llos, no han faltado, hasta ahora, cada vez que se 
ha necesitado armar una maquinaria política para 
el gobierno de cualquiera, leyes de registro cívico 
y de elecciones : y porque la adoptada la vez de esta 
ocurrencia, para invocarla como vigente, dispusie- 
se que el día en que se efectuara aquel acto, se 
reunirían los receptores de votos de cada distrito 
en sus respectivos locales, y á la hora designada: 
mucho antes de ésta, apenas anunciado el día, veíase 
la ciudad capital cruzada en todas direcciones por 
aquellos diligentes caballeros del sufragio. 

Diverso el aspecto, descuidada la uniformidad de 
los grupos, iban hacia los cafés inmediatos á cada 
local destinado para teatro de funciones cívicas en 
aquel día, con el propósito de atender suficiente- 
mente el primer deber de su mejor imoral : la con- 
servación del individuo ; pero como en esos parajes 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


157 


de reunión y espiritualización pública, aumentada 
la temperatura no atmosférica, nada contiene las 
expansiones com\piicativas, y se piensa y se habla, 
se opina y se dice, el diálogo se hace ardiente y la 
palabra tiene voz fuerte, estallan las confidencias 
y se incurre en la indiscreción; .al rato de llegar 
y distribuirse allí, esa solemne mañana, aquellas 
corporaciones madrugadoras, revelábanse á cada 
rato, portentosos augures que apostaban á que co- 
nocían los secretos de la conciencia pública, y anun- 
ciaban picarescamente el advenimiento de muy 
grandes hombres, faltos tan solo de personalidad 
política, científica, literaria ó social, para explicar 
hasta hacer comprender su triunfo sobre cuantos 
disfrutaban de prestigios notorios, ó de la autori- 
dad de los méritos demostrados. 

Así llegaban por primera vez hasta los parroquia- 
nos que no eran políticos, por hábitos de labor, ú 
otro preservativo — pues la humanidad, á cualquier 
hora, está repartida como es, en todas partes — nom- 
bres nuevos para muchos oídos, vociferados por el 
oráculo de cada mesa, y cuyas terminaciones repe- 
tía, como los chasquidos de un látigo sobre aquel 
pueblo, el eco de todos los ámbitos del recinto. . . 

* 

* * 

Junto á la mesa que se diría colocada estratégi- 
camente por el espíritu belicoso de los naturales. 



158 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


en el patio de un colegio donde parece un parapeto 
destinado á presentar resistencia al adversario, he 
ahí, erguidos sobre sus mayores extremidades, á los 
miembros de una de tantas comisiones receptoras 
de votos populares, que se va á instalar para des- 
empeñar sin entreactos, la más bella función cívica 
á que, cada tres años, puede asistirse hasta durante 
diez horas, en los pueblos libres como aquél. 

Son cinco de los diez que como se anunciaba 
antes de la fecha señalada para ello, resultaron elec- 
tos por voto incompleto, en la Junta Electoral, cuyo 
augusto templo tiene infaliblemente siete ecos acor- 
des para .lanzar á todos los ámbitos de la nación 
los nombres de los triunfadores, dictados á sus 
conciencias por el Dios tutelar de aquel régimen así 
'democrático . 

‘Una chispa produce un incendio si la soplas, 
pero se apaga si escupes sobre ella”, reza el Ecle- 
siástico, y apenas una rápida pregunta ingenua- 
mente formulada por el sujeto de un extremo de 
aquella fila de. héroes, al decir con aire misterioso 
á su vecino : ¿ á quién tenemos que elegir presidente 
de este grupo? colmó de indignación al interpelado 
— ^que ep aquel trance le había cabido en suerte 
pertenecer á una de esas absurdas minorías desti- 
nadas siempre á exponer buenas razones, y á ser 
infaliblemente derrotadas tantas veces como las ex- 
ponen, — .el eüal afirmó que debiendo designarse 
allí por votación libre al que iba á presidirles, no 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


159 


«staban para cumplir órdenes, y estas palabras tan 
sinceras como respetables, obtuvieron la réplica á 
que fatalmente estaban destinadas por parte del pri- 
mer interlocutor, quien nerviosamente hizo constar 
en tono áspero, que como él, en cambio, pertenecía 
al terceto que hacía la mayoría en aquella mesa, 
tenía deberes sagrados, de cuyo cumplimiento no 
le era dado apartarse en su conducta gloriosa de 
aquel día, y que sólo creyéndole, equivocadamente, 
compinche, le había consultado. 

Pero, después de esta escaramuza preliminar, des- 
lindadas las antagónicas posiciones de los cinco cir- 
cunstantes, y establecida la 'necesaria inteligencia 
entre los tres elementos de la mayoría, con facilidad 
insuperable se nombró presidente y secretario de 
aquella comisión, que de inmediato se hizo cargo de 
la urna del Registro Cívico correspondiente á su 
distrito: todo como lo dispone el artículo necesario 
de la ley de elecciones que se estaba cumpliendo 
allí de esa manera. 


* 

:k 

Entonces, solemne como puede y le parece bas- 
tante, alambrino y con lentes, se pone de pie el 
agraciado con toda la majestad de aquella presi- 
dencia ; con nerviosa agilidad recoge las mangas de 
5 a levita en que hubiera dicho algún indiscreto que 
estaba como una ‘flauta en funda, y tomando con 



160 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


limpieza entre sus flacos dedos la urna del sufragio 
popular, la enseña á los presentes, sus compañeros 
de mesa, y les dice con esa locuacidad tan abun- 
dante en la oratoria ferial : ‘ ‘ Extraordinariamente 
numeroso y cada vez más respetable público : 

“He aquí el muebleeillo de marras; vacío como 
la mayoría de nuestros bolsillos; limpio como para 
recibir la más pura ofrenda de la conciencia cívica ; 
bondo como para guardar todo el papel que con- 
tenga la voluntad escrita de las multitudes de este 
distrito. 

“He dicho vacío, limpio y hondo, y como manda 
la ley, previsora hasta contra nosotros, que, así, se 
le cierre con dos llaves, lo hago con ellas, á la vista 
de la muchedumbre, y guardo una, dando otra á 
mi secretario como está dispuesto por la legislación 
inviolable y soberana de estas funciones honrosas’'. 

Y terminada la alocución inicial de las tareas 
políticas de aquella jornada, ocupó con la evidente 
satisfacción del que emprende una obra para la cual 
sabe que sirve, la silla central que le estaba reser- 
vada entre las que había en torno de aquella mesa 
revestida como un altar de sacrificio. 

Entonces — inevitables riesgos á que están expues- 
tos los cometidos oficiales doquiera impere el régi- 
men de las democracias indiscutibles — hubo un 
transeúnte, un cualquiera de esos que parecen durar 
demasiado, para ejercer la crítica que sólo es posi- 
ble á la experiencia del que ha vivido, hecho y 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


161 


visto mucho, que dijo riendo, y como dice el que 
sabe por qué ríé: — (Hace inuelios años, que en um 
'día como éste, yo vi á un sujeto parecido, en una 
jplaza, sobre un carruaje, arremangada la levita, 
llamando respetable público á diez granujas, y en- 
señando un chisme entre sus manos, en tanto que 
decía: ‘'Señores; esto es como la prueba del titi- 
xivé, quien más mira menos ve”. 

* 

Hasta las . cinco de la tarde sucedió aquella vez 
la llegada solemne de los depositantes de papelillos 
¡que contenían la sagrada decisión de aquel pueblo 
de poca vida y mucha historia, respecto de sus fu- 
turos legisladores, y durante todo el transcurso de 
esas horas de labor política, pudo asistirse al con- 
movedor espectáculo, genuinamente democrático, de 
gentes esclavas de sus deberes cívicos, que, entre 
misteriosas gesticulaciones de inteligencia, señales 
distintivas, y no disimulada obediencia á cada di- 
rector de las diversas fracciones de aquellas hues- 
tes, llevaban, con visible tranquilidad, hasta la urna 
de las libertades políticas, el dictado exclusivo de 
sus conciencias, entregaban allí el símbolo de su ma- 
jestad inalienable, y se retiraban, modestos como 
siempre, pero satisfechos después de su hazaña. 

¡ Qué hermoso ! Como afirmaba un joven conven- 
cido de que después del acto electoral sería mejo- 
11 



162 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


fado en su carrera por un ascenso, “se hubiera 
dicho que allí todos los votantes triunfaban”, lo 
cual si como es sabido no puede suceder donde se 
lucha, en cualquier forma, estaba motivado, sin em- 
Jiargo, por la confianza que irradiaban todos los ros- 
tros; por la uniformidad de la complacencia que 
inundaba todos los semblantes; por la inteligencia 
que parecía presidir todo aquello; y por la convie- 
,ción del éxito que se podía leer en el aspecto de 
todos, y que, se hubiera afirmado, dimanaba de que 
^llí no había más. que un bando, que sólo una frac- 
ción sufragaba, que todos los votantes eran de una 
misma comunidad. 

¡ Estupenda evidencia del libre juego de las ins- 
tituciones republicanas, que parecía estar gritando 
al espectador indiferente: “estas cosas cuando se 
hacen bien son irremediables”. 

Claro que allí como en cualquier parte, y acaso 
más que en muchas otras, en adelante podría decir 
la prensa de oposición — que, como es sabido, no está 
libre siempre de ser instrumento de semejantes in- 
justicias — que todo aquello apenas era solamente la 
perpetración del fraude electoral conocido desde 
tiempos viejos por aquellas regiones:. pero para los 
espíritus ecuánimes, y para el observador de con- 
ciencia, que examinara aquello sin pasiones, y sen- 
cillamente dispuesto á averiguar la verdad, para ese, 
indudablemente allí estaba votando un pueblo, cu- 
yos sujetos mostraban á todas luces que sabían á 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


163 


(Jónde, por qué y para qué iban; sujetos que se 
estaban dando la representación que querían, y aca- 
so la que merecían, en ano de los poderes del país, 
y haciéndolo en la forma prescripta por la ley vi- 
gente para el más coinpleto ejercicio 'del albedrío 
de cualquiera. 

Indudablemente allí cada uno sabía por quiénes 
tenía que votar, y lo hacía: ¿no es -eso, acaso, la 
.esencia de toda democracia? 

Por eso hemos dicho que lo que sucedía allí eran 
elecciones libres, y si alguna vez hubiere menester 
de demostrarlo cualquiera de los favorecidos por el 
prestigio en -aquella ocasión, para afianzar su per- 
sona en la banca del parlaiménto integrado de esa 
manera, ya se verá cuán fácilmente confirma el tal 
nuestro aserto, contribuyendo con los alegatos y tes- 
timonios necesarios á la sanción del hecho que algún, 
día dará todo el brillo de su gloria á alguna página 
de los anales de aquella patria. 

Ya se verá cómo, aquello que á primera vista 
tenía que sorprender á cualquiera, y que poco á 
poco concluirá por no sorprender á nadie allí, fué 
alguna reacción debida á mandatarios ejemplares y 
pueblos regenerados, contra sabe Dios qué gandules 
faltos de principios y sobrados fines que, probable- 
mente, sabrá el Diablo lo que habrán hecho en otros 
días por aquellos lugares. 



164 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


vr 

* * 

Cumplieron, como buenos, en torno de una mesa, 
nllá en la brecha democrática, y vuelven del lugar 
de la acción cívica como el Estado Mayor de un 
ejército después de una batalla. 

La noche que se acerca, obscurece -gradualmente 
la tarde, y ellos van para otra mesa: aquella del 
café donde se habían congregado en la mañana de 
aquel día memorable en los fastos de la democracia, 
para el previo fortalecimiento espiritual que en ta- 
les y en parecidos trances impone la previsión, ó la 
costumbre, á los agentes expertos en bregas electo- 
rales. 

Grraqde es otra vez la animación en el local de 
los comentarios antecedentes y posteriores al acon- 
tecimiento del sufragio de aquel pueblo : ahora el 
número de concurrentes es mayor que al empezar 
el día, y en la claridad de la luz eléctrica irradiada 
¡desde los arcos voltaicos pendientes sobre la concu- 
rrencia como otras tantas linternas destinadas á re- 
velar los detalles de lo que pasa ante sus focos, apa- 
recen las figuras alegres de varios 'proclamados 
triunfantes apenas terminara aquel ejercicio de la 
más adelantada estrategia comicial. 

Y de nuevo, la palabra toma voz fuerte, estallan 
las confidencias, se incurre en la indiscreción ; en el 
cambio de impresiones nadie advierte que le eseu- 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


165 


chan; el nuevo diputado declara la alegría que le 
causa la confirmación de la promesa cpie de su 
triunfo le hiciera quien puede hacerlas al respecto; 
varios miembros de las comisiones dignas de aquel 
día, no pueden contener la impaciencia que los do- 
mina por oir confirmar á los nuevos representantes 
de la soberanía demostrada como queda explicado, 
por el pueblo, con el cual no se juega, á ese res- 
pecto; y vuelan y chocan en el espacio, frases que 
recuerdan pactos, expresiones referentes á convenios 
anteriores, y que dicen entre el desorden, que con 
ser mucho no logra quitarles el sentido, más, bas- 
tante más, que cuanto alcanzara para llenar un 
libro, acerca de la índole propia, y significación ca- 
racterística del acto que terminaba así' en nombre 
de los habitantes de la nación aquella. 

Cuando el cansancio por los comentarios y la ra- 
tificación de lo estipulado en otras partes, entre 
aquellos sujetos próximos á ver cumplidas sus as- 
piraciones, hubo desalojado casi el total de la con- 
currencia: dos favorecidos por la justicia de aquev- 
llas elecciones, mediante la recompensa de sus me- 
recimientos de toda especie, con dos bancas iguales 
que las demás en la Cámara de Diputados, decíanse 
mutuamente, y siempre con el más perfecto acuer- 
do de sus opiniones, todo cuanto se les ocurría pre- 
guntar de lo que ignoraban, ó establecer como sen- 
tencia de lo que creían su ciencia y su experiencia. 

Y aquel diálogo que, aún siendo como era — en 



166 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


¿iquel paraje, en aquella hora, y entre hombres nue- 
,vos — contenía más de una lección, terminaba al rato, 
dejando una elocuente enseñanza como final de to- 
dos los acontecimientos políticos de aquel día, en las 
que fueron sus últimas frases : 

— Yo te repito que esto ha sido, es, y será siem- 
q)re, como yo lo había supuesto; conseguidas por el 
Oobierno las Juntas Electorales, después tiene como 
quiere todo: comisiones de inscripción, comisiones 
^receptoras, y hasta á nosotros, que también vamos 
á distribuirnos en comisiones de la Cámara, para 
trabajar, al fin y al cabo, no por nuestra cuenta 
sino. . . apenas en comisión. 

— 'Sí, al fin tuvimos buenas elecciones en mi con- 
cepto, y ahora: .de-spués de una vez, siempre. 

ir 

LA SESIÓN INAUGURAL 

Es el hispano, viejo cabildo de la plaza, con sen- 
cilla arquitectura colonial. 

De piedra — que es lo más abundante y sólido en 
aquel país de canteras, cantos y adoquines — se ele- 
va su maciza mole luciendo sus fachadas llenas de 
líneas rectas, como una ironía para muchas conduc- 
tas torcidas que pasaron entre honores bajo sus 
arcadas . 

Está frente al templo donde los que pierden la 



SÁTIKAS É IRONÍAS 


167 


esperanza, por aquellas comarcas de' este bajo mun- 
do, van á buscar el consuelo divino de las alturas 
á las cuales elevan con fervor sus preces, y una de 
cuyas terrezuelas anuncia por un campanario, se- 
gún un reloj que contiene, y cuenta el tiempo de 
jaquel pueblo, los instantes que se fueron para no 
volver, como la vida que se va para siempre del 
organismo, con la sangre derramada gota á gota . 

i Y cuántas veces, en aquella esfera y con aquellas 
campanas, se anunció la hora •inicial de muchas .y 
diversas grandezas de allá, ó se señaló el minuto 
final de muy diferentes éxitos entre aquellas gen- 
tes! 


* 

♦ ♦ 

Hoy, son radicalmente diversos los destinos reser- 
vados á los amplios cuerpos de aquel edificio siem- 
pre ocupado por dependencias del gobierno, y es, 
sin duda, muy compleja la condición de los que 
dentro de las veinticuatro horas de cada día pasan 
entre sus paredes, y más ó menos voluntaria y com- 
placidamente, algunos ratos. 

Desde los más concienzudos y expertos reforma- 
dores de la legislación que allá rige — provisoriamen- 
te copiada de todas partes — ^hasta los más consue^ 
tudinarios infractores de ella por impaciencia para 
esperar sometidos á la continencia, y resignados á 
no tomarse par su cuenta las libertades todavía no 



168 


JUAN ANTONIO ZÜBILLAGA 


decretadas: todas las clases y todas las castas, se 
alojan ó son alojadas — y á veces desalojadas — entre 
aquellos muros empleados para encerrar de todo. 

A la derecha y en lo alto, como cuadra á sus ele- 
vadas funciones, los que legislan; á la izquierda y 
en la planta baja del edificio, los que hacen policía ; 
y en 'el fondo los que beben, roban, riñen y están 
sucios; 

Nosotros vamos á ir á la derecha porque vamos 
/á ocupamos de los del piso alto, de aquellos que 
' (Cuidan -de la sociedad hasta salvarla, y guían á los 
pueblos hasta hacerlos dichosos : haciéndoles leyes ; 
recetándoles conductas para la salud; aplicándoles 
ciencia de universidad, experiencia de libro, y con- 
sejos de redentores. 

' ♦ 

♦ ♦ 

Transcurre la segunda mitad de un día hermoso ; 
van algunos vecinos más que otras veces, por las. 
calles inmediatas al local del Cuerpo Legislativo; 
jen el interior del edificio es mayor que otros días 
ja animación . . 

Unas gentes extrañas, sin caras conocidas, están 
alojadas, no se sabe desde cuándo, en el local des- 
tinado al pueblo, tan soberano en la puerta donde 
no puede pasar, como en las gradas donde está sen- 
tado protestando Contra los que le incomodan por 
ireemplazarle . * 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


169 


Es e\ día inicial de las tareas de los vencedores 
la vez de las elecciones libres; los ugieres están 
conmovidos por la solemnidad de lo que allí va á 
ocurrir; y el pueblo que como en todos los actos 
oficiales en que tiene que estar presente, ha llegado 
tarde, deja caer con curiosidad su mirada sobre cada 
uno de sus representantes, que van llegando á las 
antesalas, y detiene en ellos su observación -como 
sobre las cosas difíciles de entender, y que, aún com- 
prendidas, cuesta creer. 

Y van pasando los elocuentísimos oradores de ma- 
ñana; los sociólogos trascendentes, desde ese día; 
los profundos legisladores del porvenir; todos los 
que durante tres años van á pronunciar bellísimos 
y conceptuosos discursos; á plantear y resolver 
avanzadísimos problemas, sociales, económicas, y re- 
ligiosos ; los que se anuncian con el designio de las 
más radicales innovaciones, y traen el espíritu de 
la más completa regeneración. 

♦ 

* 

Desde el local reservado para algunos concurren- 
tes á la sala donde tiene lugar aquella asamblea 
general ; desde allá junto al techo, cóncavo como 
para rechazar hasta las bocas de que partieran, las 
palabras proferidas en nombre del pueblo que allí 
debería estar representado; desde aquel paleo siis^ 
pendido en lo alto como la barquilla de un globo 



170 


JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


«obre la obscura superficie de la tierra donde mue- 
ver al hombre los bajos intereses de la vida; ¡qué 
curiosa se ofrece á la mirada del espectador la ma- 
nera cómo sucede el acto solemne de aquel día! 

Todo es breve, rápido y sumario allí; por supri- 
mir cuanto no sea indisx>ensable, y abreviar lo ne- 
cesario, faltan casi todos los miembros de las dos 
corporaciones llamadas por allá legislativas, y de las 
-cuales no se pudo conseguir aquella vez, para ini- 
ciar sus sesiones, más que tres senadores y veinti- 
cinco diputados: un extranjero afirmaba, sin reir. 
,que aun esos habían sido disimuladamente llevados 
.hasta allí por el regimiento que debía rendir hono- 
res á la asamblea nacional, y cuya acción sería pre- 
miada — según costumbre inveterada en el país — con 
un ascenso otorgado al jefe por los mismos reunidos 
de esa manera . 


* 

* ♦ 

Empezó la sesión augural de todas las demás, 
á las cuatro de la tarde, y acaso por la impresión 
,que dominaba á cuantos por la primera vez allí se 
veían, ninguno de ellos pronunció el primer dis- 
curso de la serie de los que más tarde habrían de 
revelar sus dotes tribunicias, su profunda versación 
en cualquier materia, su independencia de carácter ; 
de esas series que solicitan, afanosa é inútilmente, 
los impresores, ávidos de las utilidades que les de- 



SÁTIRAS É IRONÍAS 


171 


jaría la edición de esos modelos de la oratoria par- 
lamentaria, y de los tesoros de ciencias políticas, 
sociales, econólnicas, y de toda índole, que contie- 
nen. 

Pero, en cambio, se leyó el mensaje enviado por 
el’ Presidente de la República; aquel que hablaba 
de todas las guerras y todas las paces sucedidas 
hasta entonces ; el que atribuía al enemigo todas las 
culpas, y. establecía la gloria del vencedor; el que 
afirmaba que la paz sería perdurable y la situación 
inconmovible . 

Esto, aunque tampoco tuvo el poder de hacer ex- 
presar ideas contrarias, ó afines con las expuestas 
en su texto, tuvo, sin embargo, la virtud de arran- 
car un signo de aprobación á los circunstantes, de 
.hacer irradiar alegría á sus rostros, y de pi*oducir 
el aplauso de sus manos. ' 

Eso fué todo: así el principio de lo qué siempre 
continuaría siendo igual . 

* 

* * 

« 

Al abandonar su sitial, el extranjero, para retirar- 
se, conteniplando desde lo alto, todavía, aquel con- 
junto de cráneos negros diseminados allá en el fondo 
obscuro del recinto, estrecho y largo como una cueva, 
movidos igualmente al oir la lectura del mensaje 
presidencial, decía — con la espontaneidad propia del 
humorista que se oculta siempre tras de la erravedad 



172 


JUAN ANTONIO ZÜBILLAGA 


exterior de cada sajón — que encontraba aquello pa- 
recido á 'un cajón de clavos, donde también todas 
las cabezas tienen un solo objeto, 

Y era verdad . 






ÍNDICE 


Página 


Dedicatoria 5 

Gente eximia 9 

' . 

Un alma ecuánime . '*'10' 

El del presentimiento 13 

Anticipado • . 1& 

Pergamino . . 17 

Un elemento avanzado . 10 

Incoraprendido .... 21 

Un genio ... . . ... 24 

Catavientos .... ... 20 

Liberato 28 

Un necesario ... ... . • 31 

Un letrado . . . . 34 

Tácito 36- 

Un protestante . * 39 

Un sentado 42 

El esclavo de su condición. ..... 44 

Pingüe .......... 46 

Bien envuelto ... ... 48 

Evolutivo . . 50 

Pedestre . . . 52 

Un arraigado ... . . . . .55 

Bijou . . . . 57 

Comodín . . 59 

Un autor ........ . 62 

Confeso 7 aprovechado . . * . 65 

Solemne vacío .... 67 



176 


Indice 


Páginí» 


Intranquilo. . . 69 

SuficicMite 71 

E! era un sér superior ... ... 73 

El de la debilidad . 75 

Idemista ... .... 78 

Un desatendido . ... 81 

Jubiloso j ... 83 

Un sabio . . . . . . . 85 

Distraído ....... 88 

Circunloquios . .... . ..... 90 

Satisfecho . . . . . 92 

Un austero . . . . 94 

Uno que va á la calle . . 96 

El más fiel. ... ... 98 

Un símbolo ... 100 

Un hábil . ... 102 

Incitatus * . • . ... . 104 

Bienvenido. . 106 

El intérprete ...» . 109 

Uno que fué intransigente ... . • 111 

Equis . - 114 

' Misterio . 110 

«Le plus outrancier» . . 118 

Tipo-Tape .... 120 

Trajeado .... . . 122 

Uno que ha caminado . • 125 

El y su obra • 128 

Un puritano • 181 

Enterado . ... ... 134 

El colaborador 187 

Un resistente • • 189 

Una eminencia . 141 


Museo dk maravillas . . 143 

En el país de aquellos 183 

I. La vez de las elecciones libres . 155 

II. La sesión inaugural • • 100 




EN IMPRESIÓN 


“CRITICA LITERARIA” 

POR 

JUAN ANTONIO ZUBILLAGA 


Juicios sobre libros de derecho y literatura de 
divelsoslautores, y un extenso estudio critico de to- 
das las obras de don José Bnrique Rodó. 


El Editor.